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Sábado, Agosto 4, 2012 - 10:18

Hoy 4 de agosto aún serán muchos los periodistas colombianos que se sorprenderán ante un abrazo o ante la llegada de una tarjeta de felicitación por celebrarse su día clásico. Es comprensible la situación. La mayoría de quienes ejercemos esta bella profesión o este bello oficio –como se lo quiera considerar-, estamos acostumbrados por muchos años a que sea el 9 de febrero nuestra fecha.

El 9 de febrero de 1791 comenzó a circular el Papel Periódico de Santafé de Bogotá, razón por la cual esa fecha había sido escogida para celebrar nuestra efemérides. Sin embargo, la Ley 918 de 2004 la trasladó para el 4 de agosto y, como ya lo señalamos, los periodistas y quienes siempre están pendientes de reconocer nuestra labor, no se han acostumbrado totalmente a ese cambio.

Indistintamente las dos fechas constituyen un excelente pretexto para hacer un alto en el camino y reflexionar un poco acerca del desempeño que le damos a nuestra actividad. Al respecto, siempre surge la polémica sobre qué se debe entender y defender como ejercicio de la libertad de prensa y, de paso, la libertad de expresar a través de los medios, la opinión que tenemos acerca de los hechos.

Todavía es muy reciente el episodio sufrido por el exministro de Gobierno y desde hace cerca de nueve años convertido en colega nuestro, Fernando Londoño Hoyos, un hombre reconocido por sus rígidas posiciones políticas, que muchos las califican como de extrema derecha. Él, a través del programa de opinión que dirige en la radio, analiza los principales sucesos noticiosos del país y del mundo. Seguramente algunos destinatarios de esas opiniones decidieron que no querían seguirlas escuchando y montaron un atentado con bomba en un céntrico sitio de la capital del país, que por fortuna para él no le cobró su vida pero sí la de dos de sus escoltas, uno de ellos nariñense.

Sin duda esa es una demostración de cómo el ejercicio periodístico se convierte en no pocas veces en el motivo que alguien puede tener para atentar contra quienes profesamos esta profesión. Pero externamente hay otras sutiles maneras de acallar a la prensa, como por ejemplo el uso de la publicidad oficial como medio de presión para silenciar a un medio crítico de la labor de una administración, o para tornarla a su favor gracias a contraprestaciones económicas.

Es lamentable, por ejemplo, que la mayoría de nuestros espacios noticiosos de radio y televisión no sean financiados por emisoras y canales a través de estrategias publicitarias ejercidas por personas preparadas para esa labor, sino que son los mismos periodistas los que deban, maletín en mano, visitar las oficinas públicas y privadas en busca de una pauta que les permita sostener sus espacios y ganarse un salario, con lo cual fácilmente se puede condicionar la pauta a la no supervisión de la actividad pública a través de la prensa.

Pero los intereses económicos, políticos y hasta burocráticos no son los únicos peligros que atentan contra el sano ejercicio del periodismo en Colombia. Unos en mayor medida que otros, los medios de comunicación del país debemos admitir el mea culpa de habernos convertido en jueces y no en informadores y analizadores sesudos y equilibrados de los acontecimientos.

Ese pecado, reflejado fundamentalmente en la llamada ‘gran prensa’, tal vez nace del peligroso afán de comunicar ‘la chiva’, la noticia de primera mano y porque hemos comprendido que es la noticia mala, la que se refiere a los hechos de la criminalidad y a los escándalos, lo que vende más prensa y prende más radios y televisores. Entonces, muchas veces dejándonos utilizar por fuentes interesadas en su propio protagonismo o en lograr efectos políticos, nos anticipamos prácticamente a condenar a una persona por un supuesto crimen o delito cometido, cuando apenas las investigaciones se han iniciado y no ha surtido el debido proceso. Generalmente, en caso de resolverse el asunto a su favor, no somos tan generosos en el despliegue para recomponer al menos en parte su golpeada imagen pública.

Que sea entonces este 4 de agosto, aún extraña fecha en la que celebramos el Día del Periodista Colombiano, un motivo que nos invite a reflexionar sobre nuestro quehacer periodístico. Por supuesto, sea también un motivo para felicitar a todos los periodistas y comunicadores nariñenses que con su tesón diario ejercen la más bella, pero también una de las más peligrosas profesiones.

Escrita por: Oscar Torres Villota

Twitter: @otorresvillota

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