San Kilda, uno de los lugares más bonitos de Escocia

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Por su paisaje y densidad de población, la isla de Skye parece el fin del mundo. Sin embargo, detrás quedan las Hébridas Exteriores. Considerado parte de estas, aún quedan unos 65 kilómetros hasta el archipiélago de San Kilda. Aislamiento es la palabra que define este pequeño grupo de islas. Aislados vivieron sus habitantes durante los 4.000 años de ocupación discontinua de Hirta, la isla principal. Nunca fueron más de 200 supervivientes que tiraban de ganadería, pequeña agricultura y las aves que anidan. Los 65 kilómetros hasta las Hébridas eran rara vez cubiertos: atracar en Hirta no es sencillo y el trayecto presenta enormes olas y fuertes vientos. En invierno era inviable. Este aislamiento provocó una cultura propia: los isleños no eran conscientes ni de quién era su rey. La comunidad, de muy estrechos lazos, se valía sola. No se puede hablar de utopía, pero los pobladores vivían en un mundo aparte cargados de ingenuidad y sencillez. Antes de que los antropólogos pudieran llegar aquí, San Kilda se fue modernizando y se despobló en 1930. Esto ha permitido su conservación natural.

Con apenas 670 hectáreas, Hirta es la isla más grande. A su alrededor están Dùn, Soay y un poco más alejada Boreray, más algunos islotes desperdigados. San Kilda tiene origen volcánico. Su roca granítica lleva más de cincuenta millones de años siendo erosionada. Las islas son muy accidentadas: Hirta alcanza los 430 metros en Conachair, cuya cara norte forma los acantilados más altos de Reino Unido. Es un archipiélago frío, especialmente por los vientos que la azotan del sur. Seguramente fueron los que rompieron el arco que no hace tanto unía a Hirta con Dùn. Las islas están cubiertas de verdes pastos desnudos de árboles. La fauna ha llegado volando: insectos y aves migratorias. Entre el millón de estas hay decenas de miles de parejas de alcatraces comunes, paiños boreales, frailecillos y fulmares boreales. Hay una especie endémica de ave y otra de roedor. Estos llegaron como polizontes en algún barco hace mucho. Una historia parecida explica el origen de las ovejas de raza Soay y Boreray, asilvestradas al ser abandonadas.

Los primeros habitantes no fueron unos inconscientes o extraviados, pues San Kilda es visible desde Skye, en las montañas Cuillin. Esto no quiere decir que el viaje se hiciera a menudo. Las muestras arqueológicas más antiguas sitúan a los primeros pobladores en el Neolítico. Hay que esperar al 1202 para encontrar una mención escrita en el texto de un clérigo islandés. Quizás los isleños fueran vikingos, pero en el siglo XIV son posesión del clan escocés MacLeod. No cambiaron mucho las cosas: el aislamiento era tal que los isleños profesaban más el druidismo que el cristianismo. Esto cambió cuando en el siglo XVIII las visitas, incluidas las de misioneros, empezaron a aumentar ligeramente. Desgraciadamente, estos visitantes diezmaron la población a base de enfermedades como viruela, cólera y tétanos neonatal. La población se estabilizó a comienzos del siglo XX. Hubo un ataque alemán en la I Guerra Mundial, pero la evacuación final tuvo más que ver con la modernización y la emigración de muchos jóvenes. Los últimos 36 habitantes decidieron irse en 1930.

Estos milenios de ocupación dejaron su huella. Los restos más antiguos son corrales, barcos de piedra megalíticos y otras estructuras de incierto uso. Alimentaron la mitología de los propios isleños, como ocurre con la casa de la Amazona. Más se sabe de los cleit, pequeñas estructuras abovedadas que servían para proteger el ganado y conservar el alimento. Hay más de mil en San Kilda. Hay un pueblo medieval denominado Tobar Childa a unos 350 metros de la orilla de Village Bay, un anfiteatro natural accesible por mar e idóneo para establecerse. El pueblo tiene unas 25-30 casas, algunos corrales y cleitean. La mayor parte de las casas tienen estilo de las Hébridas, aunque hay algunas que parecen un túmulo. En el siglo XIX se construyó un nuevo pueblo más moderno cerca del mar. Hay varias iglesias, testigos del momento en el que la fe cristiana se impuso.

Hoy, San Kilda está habitada por militares y civiles que mantienen una modesta base. Hay varios modos de visitarla. Si vamos en nuestro barco hay que cumplir las condiciones para desembarcar sin introducir especies exóticas. Más fácil es contratar un tour en los barcos que parten de Leverburgh, en la isla Harris. También hay cruceros que pasan por aquí y se acercan en zodiacs. En cualquiera de estos casos, dependeremos del clima: imprescindible venir en verano. Una opción más ambiciosa es apuntarse como voluntario del National Trust for Scotland, que una vez al año va a San Kilda a hacer labores de conservación. La isla se pasea bien, solo es más duro subir a Conachair. Los alrededores ofrecen buenos puntos de buceo por la rica vida marina, pero las condiciones del mar son todavía más limitantes.

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