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Jueves, Enero 31, 2013 - 06:40

No son sorpresivas las cifras que dio a conocer el gobierno departamental que ubica a Nariño como el cuarto departamento del país con mayor número de víctimas del conflicto armado, pero si desalentadoras y dolorosas, porque vemos que la violencia ha mantenido un crecimiento imparable y que no vemos un poder o acciones efectivas de las autoridades que puedan controlarlo. Pero lo más grave del caso es que ante la falta de soluciones este fenómeno ya lo tomamos como algo normal o como si fuera un karma que debemos pagarlo y por eso nos hemos cruzado de brazos.

Esta bien que existan programas para atender a las víctimas y desgastemos los recursos del Estado para indemnizar o apoyarlos con mercaditos, pero el problema sigue latente y cada día aumenta el número de vulnerados. Según el informe de la Unidad para la asistencia y reparación integral de las víctimas del conflicto armado el 2012 dejó 272 mil 114 víctimas por actos terroristas, minas antipersonal y desplazamiento, entre otros producto de esa ‘guerra’ que nos mantiene en emergencia humanitaria.

Es brutal y desquiciado que un departamento que hasta hace menos de 20 años era considerado un remanso de paz y alabado por su riqueza natural y agropecuaria hoy sea centro de atentado hasta el punto que en sólo el 2012 se produjeron 43 actos terroristas.

El número de víctimas registrado el año pasado representa 4.7 por ciento del total de víctimas en todo el país por el conflicto, cuya cifra se eleva a 5 millones 744 mil 230 personas, una panorama abominable y que nos marca como la nación más violenta del planeta.

Algo tenemos que hacer, alguien tiene que actuar y no podemos esperar que las estadísticas sigan en aumento y la violencia golpee los hogares de esta región y sigamos sembrando en una tierra llena de sangre.

Sabemos que está en curso un proceso de paz y de las conversaciones entre la guerrilla de las Farc y el Gobierno, que los nariñenses lo apoyamos con la confianza que se concreten acuerdos y conlleven al cese al fuego unilateral, pero no podemos ocultar que el conflicto no sólo lo genera esta guerrilla, existen los otros actores armados que de igual forma propician los males.

El problema de Nariño es mucho más complejo. Hace un año un representante de la Brigada 23 del Ejército argumentaba que al contrario de otras regiones del país, en nuestro departamento confluían todos los males producto del choque bélico con los grupos ilegales, del tráfico de drogas, armas, trata de personas y otra serie de fenómenos que han hecho su caldo de cultivo en una zona geopolíticamente estratégica.

Esas fortalezas que muchas regiones e inclusos países las anhelarían, se nos han convertido en nuestro calvario. Y tal parece que simplemente lo aceptamos y esperamos que algún día por arte de magia la crisis se conjure.

Si bien es responsabilidad del Gobierno es propiciar la paz y seguridad, los nariñenses no podemos seguir esperando que nos solucionen los problemas. Los distintos sectores políticos, económicos y sociales están obligados integrarse y propiciar salidas.

Esto no implica que se deje al margen a las acciones gubernamentales y de la Fuerza Pública encargadas de la lucha contra la inseguridad, sin embargo la sociedad civil debe ser el puntal de apoyo. Ejemplos encontramos en el esfuerzo de la comunidad de Medellín o de Cali que se han involucrado en un solo propósito, transformar a sus regiones y expulsar los elementos que causan daño.

Los nariñenses tenemos una fortaleza histórica, pero nos caracteriza un criterio negativo, en el confluyen el revanchismo, la desintegración y hasta la indiferencia, producto de falta de buen liderazgo. Pero esto se puede cambiar.

No podemos seguir mostrando a Nariño por los estigmas. Primero o entre los primeros en violencia, producción de cultivos ilícitos, desplazamiento o pobreza y al contrario comenzar a proyectar toda esa inmensa riqueza cultural que tenemos, en donde no cabe ni una pizca de sangre y muerte.

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