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El denominado “trabajo en la casa” implica un esfuerzo algunas veces sobrehumano pues significa la mayoría del tiempo levantarse muy temprano, preparar el desayuno, limpiar, organizar las comidas que restan, lavar la ropa y los utensilios ocupados, además de desarrollar múltiples tareas anexas que en conjunto supera las doce horas diarias, incluyendo sábados domingos y festivos. Es decir, es una labor permanente y sin descanso.

Esta ardua actividad ha sido reconocida en parte pues se ha legislado para las denominadas empleadas domésticas. En ese sentido, el Gobierno ha establecido la obligación de pagar un salario mínimo y prestaciones a todas las personas que desempeñen este oficio, todo lo cual será objeto de atención permanente y advertencia a los empleadores que no cumplan con las obligaciones legales ya que estarán expuestos a fuertes multas, que van desde los 6 millones de pesos, hasta los 68 millones. Según las cifras expuestas por el Ministerio del Trabajo, serían cerca de 700 a 800 mil trabajadores las que se verían beneficiados con la medida.

Obviamente es una decisión jurídica importante ya que durante muchas décadas las “muchachas del servicio” han desempeñado una labor que no ha sido valorada en toda su dimensión, dándose explotación en alto grado cuando han sido consideradas como objetos al utilizar su fuerza de trabajo en un desempeño extremo. Se conoce de casos donde esta persona ejecutaba funciones de madre, consejera, cocinera, lavandera, acudiente, y otras no correspondientes a lo propio, remuneradas con mínimas cantidades de dinero. Por el contrario, también es conocido de hogares que han acogido a estas personas con mucho cariño, incluso durante más de veinte años, apoyando incluso los estudios universitarios de sus hijos y dándole un afecto sin igual, haciendo de esta labor un proceso mucho más facilitador y respondiendo a la situación particular de cada una de ellas.

La discusión social que se presenta es interesante ya que la opinión generalizada expresa una gran satisfacción pues era una situación de desamparo, con la necesidad de reconocer un trabajo usualmente duro y con una retribución económica no ajustada al salario mínimo en términos de empleo formal en instituciones. Sin embargo, expresa una gran preocupación pues se fomentaría el desempleo ya que es quienes las contratan son en su mayoría familias que no tienen la capacidad económica para poder cubrir estas exigencias completamente, realizando un gran esfuerzo para cumplir dicha obligación. Así, se contrapone la tacañez de quienes podrían pagar este salario y no lo hacen, especialmente gente que posee salarios superiores (lo que existe realmente), y aquellos que sus ingresos significarían ejercer una profesión para cancelar el trabajo doméstico o que poseen una capacidad menor a la legislada.

Lo más delicado de la norma, siendo una expresión de la justicia, es que ahora se ha extendido la idea del negocio más que del servicio, pues se ha incrementado enormemente la denuncia en el presente por años de trabajo pasado, de tal modo que éstas han sobrepasado los salarios mínimos para convertirse en deudas millonarias. El caso de personas que con tres meses solicitan compensación de un millón de pesos o con seis años, exigen veinte millones, indica que la valoración ha ido más allá de reivindicar lo correcto, lo justo, lo lógico. Se espera que esta normatividad, realizada por juristas que pueden cancelar el doble de lo exigido gracias a sus sueldos de inmensa cantidad frente a la gran mayoría del pueblo colombiano, también comprenda las dos partes del problema insistiendo en el trato humano, los afectos, la compañía, el apoyo, a las personas que desempeñan esa labor y de ese modo equilibrar las cargas de ambos lados. Es decir, el respeto al otro integralmente.

Justa medida que implicará un estudio más exhaustivo por parte de las familias que contraten a dicho personal, exigencia clara por parte de quienes desempeñen este oficio y obligatorio análisis más profundo del Gobierno para reconocer inteligentemente el trabajo de cientos de miles de mujeres, esposas, madres, compañeras, hijas, que en su hogar desempeñan la misma función sin retribución económica alguna y quienes con generosidad realizan dicha labor de inmensa trascendencia. 

Carlos Santa María.

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