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Martes, Mayo 31, 2016 - 11:31

La presencia nuestra (de cada uno de los individuos) en este pequeño punto del universo tiene como esencia cumplir una misión, y es la permanente e incesante búsqueda de la felicidad. Pero no de cualquier manera sino a través de prácticas aceptadas como buenas, de acuerdo a las buenas costumbres, la moral y las leyes. El mundo pierde el equilibrio cuando acudimos a prácticas ‘non sanctas’; se debe ser de una sola pieza, es decir, en público y en privado demostrar la misma personalidad.

Por momentos quisiéramos imaginar un mundo sin leyes, sin ejército y sin policía, pero esos pensamientos corresponden a una quimera: el ser humano vive en permanentes conflictos. Tiene como vocación engañar a los demás: inventa un argumento, lo divulga y cuando se retroalimenta cree su propia mentira como cierta.

El vendedor de cachivaches, frente a la necesidad de alimentar a su familia, tiene que decir que los menjurjes que ofrece curan todos los males y otros que estén por existir, de lo contrario la mercancía se queda en los escaparates. Es común ver en nuestras ciudades la presencia en parques y plazas de pregoneros de toda calaña. Lo sorprendente es que todos tienen quien los escuche; finalmente, una parte de estos terminan convencidos de “tanta bondad”, y compran.

Nos crean tanta necesidad que vivimos atiborrados de cosas que no sabemos cuándo ni cómo utilizarlas. Tenemos los cajones y alacenas llenas de medicamentos vencidos o que hemos dejado de tomar; tomamos unos para curarnos y otros para desintoxicarnos de los que nos curan. Nos atiborramos de publicidad, de documentos que no vamos a utilizar nunca; sólo por la mala costumbre de guardar lo que otro día se nos va a ofrecer. Pero no hay tal.

Cuentan que el profesor Sócrates al salir de una plaza de mercado en Atenas, donde él enseñaba, exclamó: “Estoy sorprendido, cuantas cosas no necesito para vivir”.

Es mejor vivir liviano, llevar una vida simple: si compras un carro de alta gama tienes que asegurarlo, y por lo tanto pagar cuotas mensuales que te privan de otros placeres o simplemente vives esclavo del valor de las cosas. Con mucha frecuencia veo a señores que un domingo lo pasan lavando el carro, desmanchándolo, brillándolo, puliéndolo; y los hijos pegados en la televisión o jugando en un dispositivo electrónico y la señora, en la cocina.

Le rendimos culto a los artefactos más que dedicarles tiempo a las personas; hablamos sin comunicación. Entonces, nos hemos vueltos fríos. Tenemos más diálogo con el que está a distancia que con el que está a nuestro lado; somos impulsivos, contestamos sin darnos tiempo a pensar. Siempre queremos tener la razón a pesar de que las evidencias digan lo contrario; nos cuesta trabajo pedir perdón. Queremos salir ganando de una discusión en vez de actuar con humildad y hacer las paces.

Tenemos altos títulos: de licenciados, especialistas, magísteres, doctores, PhD, tantos cartones, menciones honoríficas, premios, hemos pisado cuantas universidades ha sido posible, dictado conferencias, publicado libros. Es decir, una hoja de vida envidiable. Pero defraudamos cuando en público tenemos malos modales, insultamos a los agentes del tránsito, nos emborrachamos y hacemos el ridículo en la calle, tiramos basura al piso, no le cedemos el asiento a una mujer que lleva un niño en brazos, gritamos cuando no nos atienden rápido. En vez de aportar a la solución contribuimos al caos.

Aníbal Arévalo Rosero.

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