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Miércoles, Junio 21, 2017 - 17:20

Pasto tiene el título de ciudad desde hace cuatro siglos y medio, por decreto; aunque distara entonces de ser una verdadera ciudad.

En el año 1559 la Infanta Juana, regente de España, le concedió el pomposo título de “muy leal ciudad” a esa aldea insignificante que constaba apenas de unos cuantos ranchos de paredes de bahareque y techos de paja. El papel lo aguanta todo. Pasto llevaba escasos veinte años de fundada.

¿Cuándo comenzó Pasto a convertirse, por su tamaño y organización, en una verdadera ciudad? Si nos atenemos a los estándares modernos de ciudad, sólo hasta muy entrado ya el siglo veinte. Es que, exceptuando a la capital de la república, sólo hasta entonces empezaron a existir en Colombia centros poblados que, por su tamaño, merecieran el nombre de ciudades.

Cerca de un siglo después de la fundación de Pasto, en 1641, el Cabildo en carta al rey, al aducirle argumentos para impedir que los jesuitas se establecieran en estas tierras, decía textualmente que “la ciudad era muy pobre y sólo contaba con 150 vecinos” (!). Era una aldea muy pequeña, pero imposible que contara sólo con 150 habitantes.  Probablemente el Cabildo quería decir que había 150 cabezas de familia de españoles. Aunque fuera pequeño, ese poblado ya contaba con cuatro comunidades religiosas de hombres -dominicos, franciscanos, agustinos y mercedarios - y un convento de monjas. Con tan gran número de eclesiásticos, ya desde entonces hubiera podido llamarse “Ciudad Teológica”.

Según datos del “Diccionario geográfico de los Estados Unidos de Colombia” (1879), libro que conservo en mi biblioteca, Pasto al finalizar el siglo diecinueve seguía siendo un pequeño pueblo de 10.049 habitantes. Consolémonos considerando que para esas fechas Cali, Barranquilla y Bucaramanga tenían prácticamente la misma población de Pasto: no pasaban de los 12.000 habitantes; y Bogotá seguía siendo un pueblo grande con sólo 50.000!

Pasto empezó el siglo veinte todavía con el tamaño de un pueblo mediano de 16.000 habitantes. Hasta entonces la inmensa mayoría de los colombianos vivían en el campo. No existía ninguna ciudad grande, ni siquiera Bogotá que sólo tenía 123.000: ¡el tamaño de la capital del país era la cuarta parte de lo que hoy es Pasto!

El gran crecimiento urbanístico colombiano se produjo en el siglo veinte. Pasto se sumó con vigor a este ímpetu de desarrollo: se convirtió en una verdadera ‘Ciudad Sorpresa’, que de 16.000 habitantes, al comenzar el siglo, lo terminó con casi 400.000.

He mencionado todos estos datos como notas curiosas. Pero, lo que deseo recalcar es que una ciudad no vale por su tamaño sino por la calidad de vida que ofrece a sus habitantes: seguridad, oportunidades de empleo, administración limpia y organizada, belleza arquitectónica, árboles y campos verdes, parques de recreación familiar, facilidades de movilidad, acogida cordial…

 Hacia estas metas va caminando hoy Pasto con paso firme. En conclusión: San Juan de Pasto es hoy una gran ciudad, especialmente por la calidad humana de los hijos de esta bella y acogedora tierra. ¡Viva Pasto!

     Por: Gustavo Jiménez Cadena, S.J. 

 

 

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