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Diario del Sur.

Sábado, Junio 8, 2013 - 10:07

Pasto es una ciudad capital que, según las cifras, no pasa de 600 mil habitantes, pero tiene todos los males de una urbe como Bogotá, Cali o Barranquilla, y los niveles de violencia sobrepasan los límites, sobre todo de intolerancia, que nos lleva hacia una situación caótica, la cual nadie puede controlar.

Si hacemos un recorrido por la ciudad, desde muy temprano se ven todo tipo de enfrentamientos verbales y físicos porque alguien no dio el paso en la vía, no corrió rápido en el semáforo, una mala atención en una oficina, o también porque el conductor lo dejó a una o dos cuadras de donde se le había solicitado, o simplemente porque te miraron mal. Cualquier situación es disculpa para que desatemos la ira que llevamos represada y lleguemos a estados hasta de locura.

Si a este comportamiento le agregamos el hecho de que la gente ha perdido el respeto por las autoridades y las mismas instituciones, por diferentes factores, la situación se convierte en una bomba que se ha salido de control. Por esto cada vez se hacen más frecuentes las asonadas y ataques, por ejemplo a los policías, sin ninguna contemplación. En lo corrido de este año en el departamento de Nariño se han presentado más de 30 incidentes en los que han resultado lesionados uniformados, como en el caso de las poblaciones de Guachucal y Túquerres, en donde se produjeron en la primera semana de mayo asonadas contra los agentes de las estaciones.

En el caso de Túquerres, los hechos se presentaron el 11 de mayo en el corregimiento de Santander, en donde una turba enfurecida golpeó a 5 policías, entre estos al comandante del Distrito especial, coronel Anderson García Vargas, quien además de resultar con los ojos morados, fue humillado y degradado.

En la capital nariñense el panorama de agresividad en las calles está pasando de castaño a oscuro. Un grupo que también es permanente objetivo de las agresiones son los agentes de tránsito porque los conductores de carros, motos o los mismos peatones reaccionan de una manera airada cuando les llaman la atención por algún tipo de infracción, y mucho más cuando los multan.

En una reciente declaración el secretario de Tránsito municipal, Guillermo Villota, señalaba que lo más peligroso e indignante es que ni siquiera respetan a las mujeres que hacen parte de la institución y que sufren no sólo insultos sino también arremetidas físicas, sobre todo de ciudadanos que conducen en estado de embriaguez. En uno de los casos más alarmantes a un agente le lanzaron ácido muriático. Por fortuna alcanzó a esquivarlo y cayó en la motocicleta, a la cual de inmediato se le corroyó la pintura.

En una investigación realizada en el 2012 por un medio virtual para explicar el comportamiento violento del ciudadano se expresa que “el colombiano no tolera nada y casi siempre está a la defensiva ante algún inconveniente o problema que se presenta. En cualquier parte siempre está armado y organiza la trifulca, y cuando está con tragos en la cabeza y armado no hay poder humano que lo detenga”.

Producto de esa actitud de intransigencia en Colombia 1.000 personas murieron en los últimos 10 años como consecuencia de balas perdidas, según un reciente estudio del Centro de Recursos para Análisis del Conflicto, Cerac.

En Pasto el panorama tampoco es alentador. De acuerdo con información entregada por el Comando de la Policía Nariño, entre el primero de enero y el 6 de junio del presente año, de los 46 homicidios que se han producido el 26 por ciento están asociados con intolerancia, en su mayor parte intrafamiliar, porque vemos que este fenómeno sacude a los hogares de una forma alarmante.

Cambiar este comportamiento no es fácil y se tiene que persistir en las campañas pedagógicas para crear conciencia, pero aún más se debe incluir las estrategias en un macroproyecto de salud mental que entre por las casas y recorra las ciudades y el campo, porque sólo con políticas serias se puede sacar el ‘demonio’ de la intolerancia de las personas.

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