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Sábado, Agosto 31, 2019 - 10:06

Por: Miriam Martínez

Gestora Social de Ipiales y defensora

incansable de los Derechos Humanos

 

 

Llevo muchos días conviviendo con la tristeza y las dificultades de los migrantes venezolanos apostados a lado y lado de la vía Panamericana o parados uno tras otro a lo largo del puente Rumichaca entre Colombia y Ecuador.

Tengo impregnado su sufrimiento en el alma, y no solo por todo lo que han tenido que pasar, que ha sido mucho, sino por las dolorosas injusticias de las que han sido objeto.

Las injusticias siempre hacen daño, siempre, pero es incalculablemente mayor si se cometen contra personas vulnerables. Y los migrantes lo son, casi en todo. La gente no rompe sus lazos familiares ni abandona su tierra y sus costumbres por diversión. Lo hace huyendo, escapando de algo terrible que no puede sobrellevar. El desarraigo es una forma traumática de romper los hilos que unen a las personas con sus antepasados, con los recuerdos, con la infancia, con los instantes de introspección que da la paz del regazo en el hogar; es un quiebre en el proyecto de vida, es quedar suspendidos en el aire.

Detesto las injusticias. Lenin Moreno, el presidente del Ecuador, está cometiendo una muy grave en contra de la comunidad de migrantes venezolanos y de nosotros los colombianos y, en general, en contra de la latinoamericanidad y de la suprema protección universal de los derechos humanos.

Por: Miriam Martínez

 

El decreto

 

Expidió un decreto infame, engañoso. La exposición de motivos se contradice abiertamente con las decisiones que se adoptan. El título y el contenido no coinciden. El primero fue diseñado para hacer creer que los acuerdos a que llegaron los países en la reunión de Quito en abril de 2019 se están cumpliendo. En el contenido, en cambio, está la verdadera intención de las decisiones adoptadas: hacer politiquería barata, populismo huero a costa de gente indefensa y vulnerable.

El decreto habla de una amnistía para los venezolanos que se encuentren en Ecuador y no hayan violado la ley. Se pide visa para todos, para los que están viviendo allá, para los que quieran entrar, y para los que vayan a otros países del continente y necesiten para ello atravesar territorio ecuatoriano. Todo, dizque “para garantizar una migración ordenada y segura y la sostenibilidad de los servicios públicos”. ¡Carreta!

El gobierno ecuatoriano sabe de sobra que al poner como condiciones el que la visa solo pueda solicitarse en los consulados de Lima, Quito o Bogotá, y que para obtenerla tengan que adjuntarse el pasaporte y el certificado de antecedentes judiciales apostillado y pagar 50 dólares por cada una, pues ya está, tema cerrado, lo que se decretó fue que a partir del 26 de agosto no entraría un solo venezolano más al Ecuador, y por ende, quedaría clausurado el acceso para los demás países de América Latina.

Lenin Moreno entiende que Venezuela no expide por política ni pasaportes ni pasados judiciales, y que los ciudadanos de ese país se están saliendo es justamente porque la crisis económica y social es tan grave que no tienen un centavo para gastarse en papeles. Lo que tienen es para comer, cuando tienen.

El decreto no solo causa un perjuicio tremendo a las comunidades venezolanas que vienen huyendo de una tragedia en su país, afecta también a Colombia que queda de jamón de emparedado entre Venezuela y el resto del continente. Las cifras hablan de 4 millones de personas que ya salieron de Venezuela, y se espera que el número crezca considerablemente en lo que resta del año. La mitad se supone que se encuentran viviendo en Colombia.

Con Ecuador van ya 10 países latinoamericanos pidiéndoles visa a los venezolanos. Siete de Centroamérica: El Salvador, Guatemala, Honduras, Nicaragua, Panamá, Puerto Rico y Trinidad y Tobago, y tres suramericanos: Ecuador, Chile y Perú.

Los incumplimientos y el silencio del gobierno

 

En pocas palabras, a pesar de que se conocen plenamente las consecuencias de la crisis venezolana y la situación por la que se encuentran atravesando sus connacionales, los países de América Latina tan activos en la diplomacia, tan acuciosos para convocar reuniones de alto nivel, tan eufóricos en los discursos y generosos en los convenios, a la hora de la verdad, cuando se trata de cooperación en concreto, de ayuda en terreno, se quedan mirando para otro lado. ¡Que sea Colombia la que se encargue de un tema tan engorroso! que consiga la plata, que proporcione salud, seguridad, empleo, alimentación, educación, vivienda y todo lo demás que haga falta.

Y así se está haciendo. Pero y ¿Los compromisos y la solidaridad qué? Bien dijo el representante de Acnur de las Naciones unidas “…lo que procede para las naciones receptoras de migrantes es un trabajo conjunto, con comunicación y coordinación permanente…”

El gobierno colombiano se viene quejando porque no ha recibido siquiera el 30% de los recursos que los demás países le habían prometido para atender la crisis migratoria de Venezuela. ¿Y entonces qué? ¿Los acuerdos no son para cumplirse?

Inexplicablemente el gobierno no protesta, no reclama, ¿O es que no entiende o no le importa? ¿Por qué no se está hablando con la OEA, con los 14 gobiernos del Grupo de Lima? ¿Qué pasa con los compromisos asumidos en el Plan de Acción del Proceso de Quito sobre la movilidad humana de nacionales venezolanos en la región firmado por nueve países? ¿Dónde están las notas diplomáticas exhortando a los países de la región para que se solidaricen con la situación y asuman los desafíos que impone la situación de Venezuela en forma conjunta y se coordinen efectivamente los esfuerzos para atender los problemas?

Tenemos que ser claros. Si nos toca solos, pues que así sea, pero que se sepa. Colombia tiene todavía vivo el reto de alcanzar en forma definitiva la paz interna luego de más de medio siglo de conflicto, y como si fuera poco, mantiene el agobio que le implica el enfrentamiento con las mafias del narcotráfico a la vez que está en deuda con más de 7 millones de desplazados internos. Eso sin contar con otro sinnúmero de líos asociados con la pobreza y la desigualdad, muy propios del país y de la región.

Aun así, no tenemos alternativa, los colombianos no podemos ser indiferentes frente a los problemas de los venezolanos. Por gratitud con el pasado, porque nos unen fuertes lazos de amistad, étnicos y culturales, y porque las tareas humanitarias son obligaciones que ninguna sociedad civilizada puede rehuir.

 

Qué está ocurriendo hoy

 

Hoy pernoctan en los seis albergues que tenemos en Ipiales con capacidad para 600 personas, 1.000 venezolanos atascados. En su mayoría son mujeres solas con hijos pequeños, muy afligidas. Su entrada al Ecuador era la posibilidad de reencontrarse con sus familias y algunas tenían compromisos para vincularse como empleadas en trabajos que les habían conseguido sus familiares en los países en donde residen actualmente.

Historias de la vida real

 

La enfermera

Una mujer graduada como enfermera en Venezuela y con quien conversé largamente, me contó que llevaba viviendo y trabajando en el Perú desde hace más de un año cuidando ancianos en una institución privada, y que hace un mes se devolvió a Venezuela para asistir a la graduación de secundaria de su hija de 17 años. Se fue embarazada, pero con el tiempo calculado para alcanzar a devolverse al Perú a tener a su hijo como estaba programado.

Ya en Caracas, se le adelantó el parto, y se vio forzada a tener a su bebé en la ciudad. La demora le corrió un poco la fecha para el regreso, pero venía a tiempo. Sin embargo, el bus que la traía se varó en la vía Bogotá-Cali, por lo que el viaje tardó cerca de veinte horas impidiéndole llegar a Rumichaca antes de que entrara en vigencia el decreto. Al día siguiente de llegar, en un parque cercano, le robaron su maleta.

En Lima, mientras tanto, la siguen esperando en el trabajo, la espera el esposo que no conoce a su hija recién nacida, y una nueva vida que ya estaba floreciendo. La mujer no sabe qué hacer, está aquí con su bebé y un desasosiego que no la deja ni dormir.

 

La estudiante

 

Una chica muy joven, estudiante de contaduría que vivía en una distante población del llano venezolano, tampoco alcanzó a pasar. Hace más de un año su mamá, desesperada por la situación económica, se fue de la casa sin avisar a trabajar en las minas ubicadas al sur del país, pero tampoco logró mucho; como pudo, después de un mes largo de viaje, logró llegar hasta la casa de una hermana suya que trabaja como chef en un restaurante en Lima. Se consiguió un empleo como aseadora en una empresa y comenzó a enviarle algo de efectivo a una hija de 10 años y a su hija mayor (que es quien me relata esta historia) y quien tiene un hijo pequeño de meses.

La señora reunió con el tiempo lo que pudo y alentó a su familia para que se fueran para el Perú. La joven armó viaje con su hermana pequeña y su hija, y con el dinero que les había reunido su mamá y luego de dos días de viaje llegó a Cúcuta. Allí le presentaron a una tramitadora que les conseguiría el pasaporte y los documentos para poder entrar a Ecuador y Perú; sin compasión, la mujer les pidió el dinero que llevaban, asegurándoles que era una experta en migración. Nunca más apareció, les robó la plata y los documentos originales.

Aun así, continuaron su camino durante dos días más atravesando a Colombia “en cola”, que es como le dicen los venezolanos a lo que aquí llamamos viajar a dedo, y sin comer y con un frío terrible llegaron finalmente a Ipiales. Solo que ya era tarde y no las dejaron pasar. Se quedaron sin nada, ni siquiera tienen como devolverse. La muchacha y las dos pequeñas son ahora prisioneras de la adversidad, del infortunio y de la tristeza. Necesitarán de mucha ayuda para sobreponerse.

 

Si se quiere, hay salidas

 

Los problemas de los mil migrantes que están hoy en los albergues de Ipiales no se solucionan con posiciones rígidas ni intransigentes. Durante algunas reuniones en las que han estado presentes funcionarios del gobierno ecuatoriano de diferentes instancias, he insistido en la obligación que tienen los países latinoamericanos de encontrar fórmulas conjuntas de solución a la crisis humanitaria de la migración venezolana, haciendo énfasis en la reunificación del núcleo familiar.

Se trata de un derecho sagrado, nada justifica impedir su goce. En otras latitudes, para impedir la entrada de otros pueblos latinoamericanos a un país gobernado por un representante de la supremacía blanca, se están separando a los hijos de los padres, se está promoviendo la ruptura de la unidad familiar por cuenta de una política migratoria infame y discriminatoria.  Eso es inmoral, es terrible, inaceptable. Pero si lo es por allá, aquí es imposible. Los latinoamericanos somos una enorme familia unida por el idioma, por los ancestros, por la cultura, por la etnia, por el origen y hasta por las dificultades que en mayor o menor grado compartimos.

Debería implementarse un corredor humanitario para los migrantes que se encuentran en Ipiales y que no alcanzaron a llegar a la frontera antes del 26 de agosto, de manera que puedan llegar a su destino a encontrase con sus familias. Una vez alcanzado el acuerdo, se realizaría un censo de inmediato y se colocarían parámetros claros en términos de tiempo, modo y lugar en los que se haría la implementación y ejecución de los procedimientos desde la A hasta la Z.

La fórmula, que ha sido utilizada con eficacia en infinidad de oportunidades por diversos países y por organismos internacionales, sería una salida viable y segura para todos. El gobierno colombiano se pondría al frente de la iniciativa y la propondría al gobierno ecuatoriano apelando a los acuerdos y compromisos de cooperación tantas veces repetidos ante el mundo desde la aparición de la crisis humanitaria en Venezuela. Es una propuesta sensata, humanista, compasiva y realizable.

 

Apoyo internacional

 

Hace un par de días se comunicaron conmigo algunos representantes de senadores demócratas y candidatos actuales a la presidencia de Estados Unidos muy reconocidos, y con quienes sostuve un largo y productivo diálogo en Ipiales.

Querían tratar el tema migratorio de los venezolanos, conocer de primera mano la situación de los niños, de las mujeres y de los discapacitados. Hice lo posible por suministrarles la información más precisa y completa que se tiene, pero aproveché para plantearles el tema del corredor humanitario y la necesidad que existe por encontrar una salida como esta para lo que se está viviendo. Estuvieron totalmente de acuerdo.

No sé qué tanto pueda servir en concreto esa conversación, lo cierto es que llevo días hablando con quienes he podido, con funcionarios ecuatorianos y colombianos, con expertos en derecho internacional y con diferentes líderes en el tema migratorio sobre esta iniciativa. Es un acto de amor y justicia con la humanidad entera.

Quienes conocemos a las personas involucradas, a las familias y sus historias, quienes hemos escuchado de sus bocas el relato de los sufrimientos que han padecido, difícilmente podremos descansar hasta no encontrar una salida que les devuelva otra vez la vida y el futuro que se merecen.

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