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Desaprender no es una opción para los seres humanos: quizá podamos olvidar algunas o muchas cosas con el paso del tiempo, pero desaprender, nunca. Voluntariamente, alguien que haya podido descifrar para sí el alfabeto, que haya conseguido armar en su mente la lógica de las palabras y el laberinto de las frases, podrá tomar distancia con los libros y resignarse a los avisos de la publicidad callejera, pero no podrá, por mucho que lo intente, liberarse del hecho de haber aprendido a leer.

La sociedad colombiana padeció un terrible conflicto durante más de cincuenta años. Aprendimos a vivir en medio de la violencia. Los militares y policías de Colombia, los mejor entrenados del continente para conflictos internos, se adaptaron año tras año al peligro constante y al combate, al punto de estar dispuestos a cumplir con órdenes de arriba para cometer crímenes horrendos y mostrar falsos positivos para ascender y darle gusto a los jefes políticos y militares.

Los guerrilleros de todas las especies, unos con política y otros sin ella, se metieron en las profundidades de la guerra hasta traspasar todos los límites posibles. Y ni siquiera los errores de la clase dirigente, ni la inequidad ni la injusticia agobiantes de los ciudadanos, los pusieron a salvo. Se degradaron tanto, que ellos mismos taparon los ideales iniciales, y el pueblo, suspicaz, pasó a verlos como bandidos codiciosos que no representaban ni sus luchas, ni sus angustias.

Los políticos y las mafias, como siempre, se comieron la mejor parte del pastel. Bolsillo lleno corazón contento. Cincuenta años moviendo a su antojo a los soldaditos de plomo, mientras tanto, negocios y más negocios, alternándose el poder para evitar rencillas innecesarias ¡que hay para todos! Poco a poco se hicieron a la tierra con plata o con plomo, acumularon industrias y propiedades, turistearon por el mundo y metieron a los hijos a Harvard y a Oxford; y hoy, por desgracia, siguen en las mismas.

En ese oscuro túnel nos metieron unos y otros a los colombianos. Aguanten, nos dijeron, que esto se compone. A los campesinos les caían por igual guerrilleros, mafiosos, militares, paramilitares y políticos, cada uno con sus engaños y sus amenazas, cobrando en pesos, en especie o en vidas.

A los citadinos nos fue un poco mejor, tan solo nos invadieron los cordones de miseria, el desempleo y el subempleo, los salarios mínimos, las pensiones sin pagar, la informalidad, la inseguridad, los créditos gota a gota, los paseos de la muerte, las deudas con los bancos y el Icetex, y la angustia pavorosa por mantener un estrato social o alcanzar uno ¨mejor¨

Protestar en el campo era un suicidio. Y en la ciudad no era menos, reclamar un derecho era sinónimo de guerrillero comunista, de terrorista peligroso.

El conflicto no ha terminado del todo, pero ha bajado. La sociedad comienza a librarse del yugo de los guerreros y a recuperar algo que tenía aprendido, aunque un poco olvidado, a protestar. Esto está empezando. Son cinco décadas de silencio despertando, un número infinito de razones para reclamar, muchas heridas sin sanar y cantidad de problemas e injusticias graves por resolver.

Con estas protestas no caerán del pedestal ni Duque ni su gobierno ni Álvaro Uribe. Tal vez ni siquiera duren mucho estas marchas ni los cacerolazos de ahora. Pero lo que, si es seguro, es que de aquí en adelante las cosas serán a otro precio. La sociedad va recordando conquistas viejas y va aprendiendo a batallar para unas nuevas. Se le vienen perdiendo el miedo a las estigmatizaciones y a las amenazas, y lo que está en juego es nada menos que la confrontación entre un estado como el actual que gobierna para un puñado de individuos, y uno nuevo que deberá ponerse al servicio del conjunto de la sociedad.

Por: Miriam Martínez Díaz

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