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Lunes, Octubre 14, 2019 - 17:46

El pasado 8 de octubre pasará a la historia política de Colombia, no sólo por el hecho de que, por primera vez, un expresidente de la República se presentaba a rendir indagatoria ante el máximo tribunal de justicia del país, por una presunta manipulación indebida y compra de testigos.

Ese día, tanto quienes siguen con pasión al expresidente, como sus permanentes detractores y aún quienes se mantienen al margen de esa polarización, suspendieron sus tareas relacionadas con la preparación de la ya inminente jornada electoral en la que se definirán los poderes regionales y locales, pues un solo hombre les importaba en aquel momento: Álvaro Uribe Vélez. Unos para acompañarlo y otros para exigir ‘juicio y castigo’ por sus supuestos crímenes y delitos.

¡Viva Uribe, estamos contigo!, se mezclaban con quienes con rabia infinita le gritaban acusaciones e improperios. Un líder político tan particular y único como Álvaro Uribe, ha sido considerado, al mismo tiempo, por la mitad más uno de los colombianos como el hombre que ha salvado a Colombia de caer en la ignominia socialista como le ocurrió a Venezuela y por la otra mitad como el “enemigo de la paz y el amante de la guerra”, despierta naturalmente amores y odios profundos.

Este sobrecogimiento político que trascendió incluso las fronteras nacionales, pues desde diversos lugares del mundo se prestaba atención a lo que podría suceder con Uribe, no se hubiera dado igual si otro exmandatario hubiese sido el personaje llamado a indagatoria. Sólo Uribe es capaz de provocar terremotos políticos en torno suyo.

Su elección como alcalde de Medellín, seguidamente como senador de la República y luego como gobernador de Antioquia lo llevaron a considerar que estaba preparado para presentar su nombre para ser presidente de la República en el período 2002-2006.

Sin embargo, nada le fue fácil, pues tuvo que fundar una disidencia, al igual que Jorge Eliécer Gaitán y después Luis Carlos Galán, bajo la chapa de Primero Colombia, para poder postularse y ganar a su contendor principal Horacio Serpa en primera vuelta con un 54% de los votos. 4 años más tarde, basado en sus fuerzas en el Congreso, logró modificar la Constitución para aprobar la reelección inmediata, propósito alcanzado otra vez en primera vuelta, en medio de una gran polémica.

Si la Corte Constitucional no se atravesaría en su camino, la mayoría de colombianos hubieran vuelto a votar por él para un tercer mandato, hecho que se daba por descontado, dada la inmensa popularidad que supo construir como Presidente, bajo su lema Mano firme, corazón grande y gracias por supuesto, a los resultados logrados con su política de ‘Seguridad Democrática’, con la que al final de su gobierno dejó debilitada a la Farc, como nunca antes lo estuvo.

Ante el impedimento de postularse por tercera ocasión, en torno a su nombre se fundó el partido de la U, y bajo esa tolda sus millones de seguidores atendieron el guiño con el que les indicó que votaran por Juan Manuel Santos, quien desde el mismo discurso de posesión, empezaría a renegar de la bandera y los ideales con los que se hizo elegir, por lo que fue señalado como traidor del legado uribista.

Los congresistas de la U, su partido, se fueron tras las mieles del poder que significaba el gobierno de Santos. Cuando muchos analistas políticos anunciaban el fin político de Uribe, éste fundó el Centro Democrático, con el que le ganó la primera vuelta a Santos en su segunda elección, perdiendo sospechosamente la segunda. 4 años después, hizo que una figura apenas conocida por su papel de senador, Iván Duque Márquez, derrotara al líder de la izquierda, Gustavo Petro, para ratificar una supremacía electoral que Uribe ha sabido sostener y acrecentar las últimas dos décadas.

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