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Domingo, Abril 14, 2019 - 17:19

La llamada crisis migratoria en el Mediterráneo ha sido hasta ahora la más grave que han padecido los países de la Unión Europea después de la segunda guerra mundial. Hasta hace dos años, habían ingresado al continente europeo un poco más de un millón de refugiados y migrantes económicos provenientes de Oriente Medio, África y Asia del Sur.

Las alarmas están prendidas y los medios de comunicación anuncian a diario problemas crecientes en esos países, en su mayoría por falta de recursos para la atención de la población migrante, quejas ciudadanas y xenofobia, poca adaptación de los recién llegados con la cultura de los países que los acogen, limitaciones de todo tipo en servicios e infraestructura, y una especie de colapso en el terreno laboral.

Si, efectivamente, es una crisis. Pero es Europa, una región que cuenta con buena parte de las economías más vigorosas del mundo. Alemania, por ejemplo, la que más ha recibido migrantes, lo hizo en un principio decidida por una política claramente aperturista que luego se incrementó por cuenta de las condiciones internas, las que no solo contribuían con los procesos migratorios gracias a la oferta de puestos de trabajo y salarios aceptables, sino que encajaban perfecto para servir de apoyo a la estructura y solidez del aparato económico.

Las quejas y los escándalos aparecieron más adelante, cuando las cosas se salieron de madre. Los números se pasaron, y más de 3.500 muertos en el mar (incluyendo niños) intentando llegar a nuevos puertos, cambiaron la perspectiva de gobiernos y ciudadanos enfrascados hoy en un conflicto internacional difícil de superar.

Hablemos ahora de Colombia, la comparación es válida. Ni somos Alemania ni las migraciones nuestras se encuadran en las cifras de los europeos. Aquí se han contabilizado más de ocho millones de desplazados (Migración interna) y han ingresado al país con intención de quedarse por lo menos dos millones de venezolanos, más los que pasan en tránsito hacia otras regiones del sur del continente. Y los cálculos indican que las cifras van a crecer.

Hace un par de días el gobierno anunció que había recibido una donación a través del Banco Mundial de 31.5 millones dólares, para atender o mitigar la situación de los migrantes venezolanos en el país.

Bienvenida la ayuda, faltaba más, así sea poca. Catástrofes humanitarias como éstas demandan muchos recursos, y de todo tipo. Por eso no basta con hablar de plata en bruto, hay que mirar el asunto desde diversas perspectivas.

Está claro que al país en su conjunto lo afectan las migraciones, pero no es lo mismo el centro del territorio nacional que las zonas de frontera. Y no lo es porque dentro de un Estado centralista las prioridades se ubican en el centro, es allí donde se mueve más fuertemente la economía, donde los presupuestos son más abultados y los recursos técnicos y la capacidad de resiliencia colectiva son superiores.

Y no solo eso. Los fenómenos migratorios impactan distinto a unas regiones que a otras. No pretendo minimizar lo que pueda estar pasando en Bogotá o en Antioquia, pero los problemas que se presentan y la capacidad para resolverlos sí es muy diferente allí a lo que se vive en Cúcuta o en Ipiales.

Además de los asentamientos de migrantes -que se presentan en todas partes- los de aquí se agravan con represamientos críticos y cíclicos derivados de las causas complejas de los flujos migratorios, más lo que resulta de las políticas públicas de frontera, tanto de las propias como de las de los vecinos.

Estamos ante un desafío cargado de múltiples retos y dificultades como país y como ciudadanos.

Hasta aquí la columna; por la brevedad del espacio y la complejidad del tema, esta historia continuará…

Por Miriam Martínez Díaz

@PazAportes

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