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Domingo, Junio 9, 2019 - 17:20

El dominicano Luis Kalaff era un genio, uno de verdad. Compuso como dos mil canciones a lo largo de su vida, muchas de las cuales se le aparecieron en la mente mientras tocaba una guitarra vieja que se encontró en la calle cuando apenas tenía 14 años, y que él mismo remendó siendo un principiante de carpintería.

Un bolero muy famoso suyo, interpretado nada menos que por el Negrito del Batey, Alberto Beltrán (con la Sonora Matancera), contiene una estrofa inolvidable: “Aunque me cueste la vida, sigo buscando tu amor, te sigo amando, voy preguntando, dónde poderte encontrar…”

Poco antes de escribir esta columna me encontré con una noticia que no escuchaba desde hacía algún tiempo, y que habla de la historia de un corregimiento de Pivijay, en el departamento del Magdalena, llamado Salaminita, que fue literalmente desaparecido por los paramilitares hace justamente veinte años bajo la orientación de las trágicamente famosas Auc.

Tan desaparecido fue, que los criminales emplearon maquinaria pesada para enterrar cada ladrillo y cada teja que se encontraron a su paso, lo que hizo necesario que para el proceso de resarcimiento de las víctimas, el Igac (Instituto Agustín Codazzi), tuviera que adelantar un estudio especial para identificar la localización precisa del poblado, antes de que este fuera borrado del mapa por la violencia.

¿Y qué que tiene que ver Salaminita con los boleros? Pues que los salaminiteños resultaron ser unos personajes muy valientes y testarudos. Bajo la dirección de dos mujeres extraordinarias, Leza Daza y Erika Rangel, lograron que la Unidad de Tierras les parara bolas e iniciaran la recuperación del pueblo. Y no solo eso, hicieron que se ordenara al Banco Agrario la construcción de nuevas viviendas y que otras instituciones del estado se pusieran a trabajar en la atención y protección de los retornados, a pesar de las presiones de los terratenientes de la zona, por conservar las tierras despojadas.

El día del regreso un señor que fue entrevistado por algún medio, respondió a la pregunta de si estaban dispuestos a reconstruir el lugar después de todo lo ocurrido, y lo hizo tarareando el bolero de Kalaff: “Aunque me cueste la vida…”

“Cuando llegué”, recordó un campesino, “me puse a escarbar la tierra con un azadón y encontré pedazos de trapos que reconocí que eran ropa de mis hijas. Así supe que ahí quedaba mi antigua casa, la que pienso construir ahora mejor que la anterior”.

La importancia de gente así para el futuro del país es infinita. Los líderes sociales son el motor de la reconstrucción de Colombia y ni los gobiernos ni millones de colombianos lo entienden, o no les importa o creen que son un grupo de comunistas que les van a arrebatar los privilegios y la tranquilidad.

La guerra inconclusa, los reductos de grupos armados, las mafias de todo tipo y los hacendados que ampliaron sus fincas al amparo del terror y algunos otros, los están asesinando por cientos.

Los políticos e incluso muchos representantes de la comunidad internacional, siguen reduciendo el problema a esquemas de seguridad, celulares, chalecos y uno que otro carro blindado. La Unidad de Protección habla de 4.487 líderes sociales y defensores de derechos humanos protegidos hoy.

Nadie niega que eso resulta indispensable y de mucha utilidad, pero no resuelve el problema. Los asesinatos siguen creciendo. La clave de la salida del túnel radica es en el apoyo decidido a las políticas de restitución, en el respaldo técnico y financiero a los proyectos productivos, y en un ejercicio incansable de pedagogía ciudadana y de paz que cambie la perspectiva de los colombianos frente al futuro del país; lamentablemente, la polarización en que estamos enfrascados, es la antípoda del remedio.

      Por. Miriam Martínez Díaz

@PazAportes

 

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