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Miércoles, Noviembre 7, 2018 - 16:42

Con la reciente elección como presidente de la República Federativa de Brasil de Jair Bolsonaro se puede afirmar que viene una oleada de terror y crimen para el gigante suramericano. Es fácil inferir por los temerarios anuncios de campaña que lo llevaron a ocupar ese cargo.

 

Así de simple, “exterminar a los criminales de izquierda”, es un asunto que nos pone los pelos de punta, puesto que es como revivir la época aciaga del Brasil que tuvo que enfrentar una de las peores dictaduras que pueda recordar el mundo, donde se suprimió la Constitución Civil para darle poderes plenos y absolutos a la dictadura de Castelo Branco (1964-1985), de la cual Bolsonaro dice sentir profunda nostalgia.

 

No menos preocupación siente el movimiento ambientalista mundial por las pretensiones de arrasar la selva amazónica y convertirla en una gran llanura para incentivar la ganadería, ante la creciente demanda de carne de res y así salir de la recesión que agobia al país. Pero también acabará con las reservas indígenas y las quilombolas (donde se refugiaban los esclavos rebeldes). Todas sus prioridades están encaminadas al desarrollo económico sin pensar en la sostenibilidad ambiental.

 

A ello se suma su deseo de suprimir algunos ministerios, entre ellos el de Medio Ambiente, al cual le piensa restar su misión, ubicándolo como viceministerio del de Agricultura. Pretende privatizar empresas estatales y reducir el gasto público, como manifestaciones expresas de un cambio de modelo económico, del socialdemócrata al neoliberalismo más extremo.

 

Su andanada, se parece a la de Duque, en Colombia, pues también, siguiendo las políticas implementadas por los organismos internacionales de financiamiento, se bajarán los impuestos a las empresas, del 34 al 15 por ciento, pero se gravará la canasta básica. Con igual proceder, se  harán recortes a los derechos de los trabajadores, reforma de jubilaciones, crear impuesto a las transacciones bancarias; con lo cual haría manifiesta la política de ultraderecha con la solidaridad al empresariado en detrimento de las grandes mayorías de brasileños.

 

En el momento, la del Brasil, sigue siendo la sexta economía del mundo gracias al posicionamiento que le dio Lula da Silva en sus dos periodos constitucionales, hoy en la cárcel condenado a más de nueve años por un asunto del que nunca se demostró su culpabilidad, sino que todo apunta a un hecho político más bien orquestado desde Washington para destronar a todos los gobiernos de orígenes verdaderamente democráticos y de beneficio popular.

 

No obstante, el gigante suramericano tiene 13 millones de brasileños sin empleo, hecho que sumado al tráfico de narcóticos hace que crezca la informalidad y el crimen; sólo el año pasado se presentaron 64.000 homicidios, cifra que difícilmente se podrá bajar si se avecina una política que afectará duramente a la población.

 

Jair Bolsonaro, como Duque, en Colombia, y Donald Trump, en los Estados Unidos, basaron sus campañas en ‘fakes news’ (noticias falsas) para desprestigiar a sus contendores. No faltó la campaña al mejor estilo uribista de acusar a Fernando Haddad (reemplazo de Lula del Partido de los Trabajadores) de ser castrochavista.

 

La estrategia publicitaria de Bolsonaro pudo más que la conciencia política y el apoyo a una alternativa verdaderamente nacionalista y popular. Luego de un atentado que lo condujo a una clínica, no volvió a la plaza pública, pues empleó lo que hizo Trump, infiltrar las redes sociales, crear canales virtuales y utilizar los medios de comunicación tradicionales, para difamar a su contendor.

 

Los dos mandatarios tienen un perfil muy parecido, por lo misóginos, racistas, homofóbicos y antiecológicos. Lo que le espera al mundo con estos dos nefastos personajes va de la penumbra a lo oscuro.

Por: Aníbal Arévalo Rosero

fundacionecosofia@gmail.com

 

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