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Miércoles, Noviembre 21, 2018 - 15:03

Hace poco miré la serie Distrito salvaje en Netflix, cumpliendo un acto de resistencia de no volver a necesitar de la televisión nacional. Me sorprendió en esta primera temporada la objetividad de cómo se narra lo que pasa en Colombia. Sin embargo, la realidad que cotidianamente vivimos no es superada por la pantalla chica o el cine.

En la producción se protagoniza cómo una parte de la Fiscalía - Congreso - Alcaldía tiene nexos con mafias de la corrupción y de que altos funcionarios, incluido el vicefiscal, logran desviar o prevaricar para que los principales casos de soborno de una firma internacional no se indaguen.

Enhorabuena una fiscal de manos limpias en unión con una periodista objetiva logran poner en evidencia el concierto para delinquir de congresistas y funcionarios públicos. Estas honestas mujeres son apoyadas por una organización político-económica-militar en las sombras, que promueve actos extrajudiciales e infiltra toda la cadena de la investigación, desde los secretarios del sistema investigativo-judicial hasta los cargos de decisión. Para continuar sorprendiéndose: el cianuro aparece exterminando en la realidad, no en la ficción.

La serie recrea la vida de un excombatiente de la guerrilla que se reinserta desde el proceso de paz, pero cae en la red de crimen y corrupción.

El exmilitante fariano ahora tiene que sobrevivir a los costos de la pensión educativa de su hijo, la salud de su mamá, los impuestos, la canasta familiar. El protagonista se enfrenta al dilema moral de elegir de qué lado debe estar, luego de que la mayoría de pactos se incumplen y además de que llega a asesinar para poder subsistir en esa nueva jungla urbana, política e institucional. En la realidad el auditor del caso Odebrecht y su hijo están muertos.

Algunos años atrás el cine discurría sobre la vida de los narcotraficantes, carteles mafiosos, las voluptuosas modelos prepago, grupos paramilitares y los sicarios de las comunas. Fue por el negocio internacional de la cultura violenta que nos conocieron como nación mafiosa y criminal. Aún se pregunta por Pablo y por su homicida ‘Popeye’. Hoy renacen este tipo de series, los delincuentes siguen siendo los mismos. La diferencia es que sus protagonistas son personajes de la vida pública: congresistas, alcaldes, funcionarios públicos, militares y surgen en la escena excombatientes de las guerrillas. No hay duda, este es el país que tenemos y que nos toca. Pero una muerte por cianuro se sale de todo contexto.

Cada vez la realidad y su diaria emergencia nos dan sorpresas. Hoy el fiscal general de la Nación Néstor Humberto Martínez tiene en sus hombros la crisis más grande sobre corrupción en el país: los sobornos de Odebrecht, la muerte por infarto del auditor del caso y el fallecimiento por cianuro de su hijo.

Hasta el alto gobierno se ha pronunciado solicitando investigación y claridad inaplazable, porque tanta descomposición hizo metástasis en el mismo sistema. Cristian Conti, creador de Distrito salvaje, dice ¿Quién es más corrupto: el que construyó mal el puente o el que asesinó por orden de otro? Es perentorio una verdadera reforma profunda que recupere la justicia.

 

Harold Montufar

www.isais.org  

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