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Miércoles, Junio 29, 2016 - 10:59

El onomásticode Pasto  me ofrece la oportunidad de comentarles una curiosidad histórica, muy poco conocida.  Me refiero al caso de la mujer que le concedió a Pasto el título de ciudad: la Infanta Juana, hija del emperador Carlos V.

La princesa Juana es la única mujer que ha pertenecido hasta su muerte a la orden religiosa de la Compañía de Jesús: ¡una mujer jesuita!  Este hecho sucedió dentro del más secreto de los secretos. Sólo en nuestros días, al reburujar viejos documentos, fue descubierto por los historiadores.

Las grandes órdenes religiosas de la Iglesia Católica han contado, todas ellas, con una rama femenina: franciscanas, dominicas, agustinas, etc.  Pero Ignacio de Loyola, el fundador de los jesuitas, tuvo sus razones para no establecer una comunidad de jesuitinas.  Más aún, en las constituciones de la orden dejó clara la norma de que la Compañía de Jesús no debía encargarse de comunidades femeninas; y para cerrar la puerta con doble candado logró que el Papa Paulo III declarase a los jesuitas “eximidos y liberados para siempre del cargo de recibir bajo su obediencia a las citadas mujeres”.

Ignacio mostró siempre un aprecio muy grande por la mujer, lejano al espíritu machista y misógino del amiente religioso de su tiempo.  Pero quería una Compañía de Jesús disponible para toda clase de apostolados, incluyendo los más riesgosos, y el encargarse de una rama femenina podría limitar su movilidad.

En octubre de 1554 le llegó al fundador de la Compañía de Jesús una solicitud extraña, de parte de quien en ese momento era la persona más poderosa del mundo: la Infanta Juana, regente del imperio español. La joven princesa, viuda de veinte años y madre de un niño, solicitaba ser admitida en esa orden religiosa incipiente, estrictamente masculina: la Compañía de Jesús.

A Ignacio de Loyola se le presentaba un intricado problema, al mismo tiempo que se le brindaba una oportunidad promisoria. ¿Qué hacer?  ¿Debería abrir un boquete en las constituciones de la orden escritas por él, y actuar contra las disposiciones del Sumo Pontífice?  Si se negaba a la petición de la princesa, perdería su orden religiosa el apoyo que necesitaba en España y sus colonias para su expansión y para la defensa contra poderosos enemigos.  Se arriesgaría, además, a ganarse la enemistad de la Soberana.

Consultado el asunto, Ignacio se resolvió a recibir a su Alteza como jesuita, pero en absoluto secreto, como de confesión; y sin que ella tuviera que cambiar exteriormente su vida de gobernante. Se adoptó un seudónimo para referirse a ella en la correspondencia: el de Mateo Sánchez. Siendo la Soberana de España, llevó una vida austera y muy religiosa. Se decía que su palacio de Valladolid parecía un conventoA los 38 años murió, llevándose  a la tumba su secreto.

El 17 de junio de 1559 los vecinos de una diminuta aldea americana recibían con orgullo el decreto, firmado por la única mujer jesuita de la historia, que declaraba a su poblado como “la muy leal ciudad de Pasto”.

Gustavo Jiménez Cadena.

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