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Sábado, Mayo 18, 2019 - 18:28

Muchas veces me he encontrado con católicos que se expresan de la siguiente manera, palabras más, palabras menos “la Iglesia debe cambiar, ponerse a tono con el mundo moderno, salir de la sacristía”. Se me ha ocurrido hacerles una pregunta a quienes hablan de esa manera: ¿Quiénes forman la Iglesia, quiénes son los responsables de lo que sucede? La respuesta a estos interrogantes clarifica el panorama.

Si me siento al margen de la situación de la Iglesia, si es algo que lo considero distante y lejano de mi vida, entonces puedo decir que es algo que no me corresponde. Cuando comprendo que la Iglesia soy yo, como persona y como parte de una comunidad, descubro que el construir Iglesia es tarea de todos, que no puedo sentirme excluido o relegado. El compromiso afecta mi vida y soy responsable de lo que la Iglesia haga o deje de hacer.

Si me siento parte de la Iglesia debo preguntarme qué estoy haciendo para que esta comunidad de creyentes se actualice, viva de acuerdo a las exigencias de un mundo complejo y tecnificado, responda a las necesidades de los creyentes de comienzos del siglo XXI. No es algo que pueda ignorar, me afecta, me compromete y me exige. No puedo vivir de espaldas a esta realidad.

Ser Iglesia es caer en la cuenta de lo importante que soy yo en la vida de la comunidad, que mi presencia debe ser activa y participante, que puedo y debo hacer mucho para ser solidario en lo que queremos, deseamos y esperamos de la Iglesia como comunidad de creyentes.

Somos humanos, somos personas que podemos fallar, que tenemos defectos y limitaciones. Es la realidad de la Iglesia como humana, pecadora y peregrina. Nos muestra al mismo tiempo la otra realidad, la de una comunidad que es divina, santa y gloriosa. Estamos invitados a hacer de nuestra vida como creyentes un testimonio conforme a lo que el Señor quiere y espera de nosotros. Estamos invitados a construir la presencia de Cristo resucitado en el mundo.

Para ser fieles a lo que el Señor nos propone estamos llamados a preguntarnos frecuentemente cómo estamos cumpliendo nuestro compromiso de fidelidad al propósito del Señor. La presencia del Señor como compañero de camino es garantía de lo que podemos hacer, esperar y lograr. Entra en juego también el hecho de nuestra propia fragilidad para mostrarnos el rostro humano de la misma Iglesia.

Hay en nosotros un sentido de esperanza, la redención se inició en la persona de Jesús con su muerte y resurrección, pero no está plenamente realizada, es una plenitud prometida, que está por alcanzarse. Nos mueve entre lo logrado y lo que podemos alcanzar.

Al mismo tiempo, debemos considerar que la construcción de la comunidad eclesial es algo que se va logrando, que se va haciendo, en la situación del mundo como este es, no podemos pensar en invernaderos, lugares ideales, sino que estamos llamados a vivir el ser Iglesia en la situación real de los problemas y desafíos del mundo de hoy. A veces, puede ser ayuda para lo que esperamos alcanzar, otras puede ser obstáculo que estamos llamados a superar.

Debemos estar convencidos que la construcción de la Iglesia es obra de todos sus miembros, movidos por la fuerza del Espíritu. Dejemos que dicho Espíritu actúe. Seamos dóciles a la acción de su gracia y encontraremos un camino adecuado que nos permita ir creciendo y madurando en la construcción de dicha comunidad.

Si cada uno de nosotros hace lo que le corresponde, entre todos llegaremos a tener una Iglesia viva, una comunidad dinámica de creyentes. Nadie podrá hacer por ti o por mí lo que a cada uno corresponde. Hagámoslo desde ahora.

 

Por Enrique A. Gutiérrez T., S.J.

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