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Martes, Noviembre 12, 2019 - 15:45

¿Hasta cuándo tendremos que esperar a la Aeronáutica Civil y a sus contratistas para que se nos entregue, de manera definitiva, las obras del aeropuerto Antonio Nariño de Pasto, completamente terminadas, hecho que debió haber ocurrido, al menos, hace 2 años?

El interrogante volvió a plantearse por parte de los asistentes a la reunión citada por la Contraloría General de la Nación y cumplida en las instalaciones de la Cámara de Comercio de Pasto. Esa sensación de pesimismo, no es gratuita. Los trabajos habían comenzado de manera improvisada, primero como una simple remodelación para una mejor optimización de espacios y, luego, sobre la marcha, se decide cambiar de planes. Ya no sería una remodelación de la vieja estructura, que no era más que una suma de retazos, que se fueron haciendo con el tiempo, con el concepto sencillo de galpón.

Lo que se iba a hacer en adelante era el levantamiento de una estructura nueva, lo que deja pensar que en la Aeronáutica es posible romper un contrato que ya estaba firmado y en ejecución y cambiar radicalmente el alcance de una obra, sin que eso implique ningún problema legal y tampoco se pueda calificar como improvisación. Se acostaron ejecutando una remodelación y, al otro día, continuaron con la construcción de una obra diferente y, además, con planos sin firma responsable, cuya denuncia le costó el puesto a un supervisor del proyecto.

Valga señalar que no estamos enojados porque en lugar de unas mejoras a la vieja edificación del aeropuerto, nos estén haciendo unas instalaciones nuevas. Lo que cuestionamos es la manera burda como se tomaron las decisiones. Desde un comienzo, la Aeronáutica Civil debió tener claridad absoluta, primero de la necesidad real que tenía el Antonio Nariño. No se necesitaba ser un experto en el tema para evidenciar que ese terminal reclamaba a gritos no una simple remodelación sino una edificación nueva, más amplia, con especificaciones y conceptos arquitectónicos modernos que se aplican hoy en día en obras de ese tipo.

No dudamos que, al final de un tortuoso rosario de aplazamientos e incumplimientos, con los consabidos sobrecostos que ello implica, nos van a entregar unas instalaciones aeroportuarias que no tendrán punto de comparación con el triste edificio que hasta esta fecha estamos aun usando, además de una pista nueva y una torre de control de mejor alcance y tecnología de punta.

También registraremos con alegría cuando, por fin, nos anuncien el día y la hora de su reinauguración, esperando que ello implique en el corto plazo que Avianca deje de sentirse amo y señor del Antonio Nariño, con patente de corso para imponer a su antojo las tarifas que le dicte su ambición comercial, gracias a su monopolio.

¿Era necesario ponernos a sufrir y a rabiar con cada nuevo aplazamiento por una obra que para nada se puede comparar con la dimensión y el concepto arquitectónico de un aeropuerto como El Dorado de Bogotá, en donde quintuplicaron el tamaño que tenía, proyecto que se ejecutó en menos tiempo de lo que llevan acumulado los responsables de la obra en Chachagüí?

Que nos perdone la Aerocivil, la poca fe que tenemos de tener al Antonio Nariño funcionando con toda su nueva capacidad, en el 2020. Como lo dijera la Cámara de Comercio de Pasto, no tenemos razones suficientes para ser optimistas. Cuando todavía falta demoler el viejo edificio, construir un amplio parqueadero, intervenir a fondo la pista, culminar obras de urbanización, entre otros aspectos, al paso que han marchado hasta ahora, el año próximo sería un tiempo suficiente para todo lo que falta.

Aún antes de ser terminada la tercera fase, la Aeronáutica ya sabe que tendrá que otorgar otro sí y seguramente más recursos al contratista que reclama cuatro meses más de plazo para atender incontingencias que no habían sido previstas. Tal vez, tal vez, a mediados de año estará prestando a medias su servicio.

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