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“En menos de un año arrojo sobre el pueblo los escombros de numerosas catástrofes anteriores a ella misma, espació en las calles su confusa carga de desperdicios. Y esos desperdicios precipitadamente, al compás atolondrado e imprevisto de la tormenta, se iban seleccionando, individualizándose, hasta convertir lo que fue un callejón con un rio en un extremo y un corral para los muertos en el otro…” Así comienza La Hojarasca, novela del premio nobel de literatura colombiano, en donde a través de 3 monólogos se evidencia la capacidad de odio que puede acumular el ser humano a manera de combustible que lo mueve a destruir, en comparación con los grados de tolerancia y perdón presentes en otros congéneres como alimento de su bondad presente allí donde se requieren solo demostraciones de misericordia como la del anciano coronel y su hija.

Los sucesos relatados en la novela tienen como escenario Macondo, el mítico pueblo creado por García Márquez, donde se recrea las secuelas dejadas por las guerras civiles en una sociedad que ha quedado presa entre sus mismos rencores, abrazada a la desesperanza y viviendo solo de las frustraciones, mientras arrastra para todos los lados el pesado fardo fundido con los recuerdos, que le impide avanzar y lo obliga a no abandonar el pasado así este hieda a descomposición y excrementos, pues como se lee en La Hojarasca, los habitantes más que estar condenados al abandono parecen estar obligados a padecer el odio.

Ese odio visceral que corrompe a el alma hasta el punto de llevar a desear y exigir que el cadáver de aquel en quien se ven las causas de sus desgracias no sea enterrado, que los despojos de ese al cual no se le olvida porque simplemente es a quién se abomina permanezcan insepultos ya que se quiere disfrutar del placer de ver como se convierte en carroña ante los ojos ávidos de venganza. Un deleite propio de los necrófagos.

La memoria de estos pobladores de Macondo solo se ha limitado a guardar con precisión los detalles de los momentos sobre los que ha crecido y florecido el árbol del rencor. Una memoria tan inoficiosa como la del “cronométrico Funes”, el personaje del cuento de Borges a quien un accidente sufrido de muchacho lo sometió a permanecer postrado sobre un catre adentro de su cuarto, rodeado de penumbras jugando siempre a no olvidar desde el contenido en detalle de cada página de una voluminosa enciclopedia hasta cada una de las formas de las nubes del día en que lo tumbó el caballo pasando por el número de hojas y su posición en cada rama que tenía el último árbol frondoso visto.

Una inútil rememoración que solo les ha servido para agrandar el dolor y con él su resentimiento, por el cual no perdonan ni perdonaran jamás así tengan que revolcarse en sus mismas inmundicias, no otro es el motivo por el cual no dejan que el muerto termine de adquirir su condición de difunto dentro del ataúd, en la sepultura.

Impedir de cualquier manera el entierro, no dejar que el cadáver desaparezca no sin antes haberse podido regodear de su agonía. Hacer todo cuanto se pudiera para alargar la agonía hasta cuando él último de todos los que tuvieran que cobrarle una pena pudiera llegar a verlo y sentirse compensado.

A esa intención, a ese morboso deseo de redimir un dolor con otro obedece la aplicación de la norma defendida por el alcalde y el juez, pero también la justificación del representante de Dios en la tierra que tampoco acepta permitir la cristiana sepultura del motivo de ese odio nutrido por todo cuanto pueden encontrar horas tras hora en su pasado convertido en vertedero de basura.

Por: Ricardo Sarasty

ricardosarasty32@hotmail.com

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