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Es absurdo que hoy en día los colombianos nos mantengamos en discusiones tan innecesarias como injustas, y tan intensas y a la vez tan insensatas, que parecieran servir únicamente para evitar el discernimiento entre las ventajas incontables de la paz frente a las atrocidades de la guerra.

Que se haya acordado la presencia de exguerrilleros en el congreso, es la consecuencia natural de un proceso de negociación política enmarcado en la lógica de que era necesario buscar las fórmulas que hicieran posible cambiar el escenario de la lucha armada de los insurgentes contra el estado, por la lucha política dentro de las reglas de la democracia y en paz.

Aunque suene de Perogrullo, en Colombia todavía tenemos que repetirnos, una y otra vez, que siempre resulta mejor la paz que la guerra.

Un punto crucial en los acuerdos de la Habana -esencial a mi modo de ver para avanzar en la paz de este país- consistió en abrirle las puertas a las víctimas no solo en materia de resarcimiento económico o moral -como se había hecho antes- sino como protagonistas directas en la construcción de la paz, razón por la cual se estableció que tendrían representación política en el congreso la que sería elegida por el voto de más de 7 millones de víctimas: si los jefes guerrilleros irían a ocupar puestos en senado y cámara, que mejor que las víctimas hicieran parte de un parlamento en el cual serían discutidas las reformas conducentes a garantizar “una paz estable y duradera”.

Difícil de creer, o mejor, difícil de olvidar, pero hace dos años que se hundió en el congreso el proyecto que creaba las 16 circunscripciones de paz para las víctimas, no obstante que este obtuvo 50 votos a favor y solo 7 en contra.

Se requería la mitad absoluta de los miembros del senado para el trámite, pero tal como ocurrió recientemente con el proyecto que pretendía hacer reformas a la JEP, la presidencia del Congreso no tuvo en consideración que las cuentas no debían hacerse sobre 102 senadores, sino sobre 99, justamente porque en ese momento se encontraban suspendidos 3.

Era una obviedad que el número de votos alcanzados aprobaba sin objeción posible el proyecto; pero no, ganó un truco matemático barato, y Uribe y sus amigos se salieron otra vez con la suya y empleando los métodos de siempre. Poco después el expresidente argumentó que había participado en el hundimiento del proyecto, por que buscaba reducir el número de curules de 16 a 8, y de paso crear la circunscripción especial para los militares.

Hace unos días, un parlamentario interpuso una tutela encaminada a devolver el derecho a participar en el congreso a las víctimas del conflicto y lo hizo con un argumento absolutamente razonable y lógico: si la Corte Constitucional les había concedido la razón en el debate de la JEP a quienes demostraron que para definir el número de votos en el congreso había que descontar aquellos que estuvieran suspendidos, pues para el caso del proyecto de las víctimas se aplicaba el mismo criterio.

Lamentablemente el juez que tuvo para su estudio la acción de tutela, la rechazó por improcedente. Desconozco en detalle sus argumentos, pero por simple sentido común supongo que la decisión fue tomada más por conveniencia, probablemente por el temor del funcionario de meterse en camisa de once varas llevándole la contraria al gobierno.

Algunas voces están sosteniendo que quienes debemos corregir ese exabrupto somos los ciudadanos. Estoy de acuerdo, y como ya se vienen adelantando gestiones para promover el proyecto mediante firmas, desde ya cuentan con la mía. Ojalá, eso sí, no lo hagan para hacer política electoral, sino justicia de la buena para un país que tanto la necesita.

 

Por Miriam Martínez Díaz

@PazAportes

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