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Martes, Agosto 13, 2019 - 16:38

Las ratas se huelen la cola como ritual en los pasillos del Congreso para saber con quién cuentan y legislar en contra de quienes votaron por ellos. Se miran a los ojos y la brillantez de su mirada es directamente proporcional al apetito que tienen sobre el erario público.

Como astutas que son, saben que si los pillan en flagrancia nada va a suceder, porque ya tienen intereses creados o también su plan B para sobornar a los funcionarios judiciales que en alguna circunstancia dependen de ellos.

Las ratas saborean, saben que su placer depende de cuánto almacenarán para la época de las vacas flacas o para dejar un buen capital para comprar tamales, latas de zinc o cemento, porque saben que les garantizará su llegada de nuevo al parlamento. Saben que son ratas y no les da vergüenza, solo se valoran entre ratas porque la vergüenza no existe entre su especie.

Las ratas se multiplican y dominan de generación en generación, porque en los laberintos alcantarillescos de sus cabezas solo se alberga la ambición; saben que no tienen alma y los que alguna vez la tuvieron, la vendieron al mejor postor o a los recovecos de la codicia.

Las ratas transmiten la peste y generan ruina, diezman a los pueblos y desde la oscuridad mezquina de sus aposentos celebran el botín coronado, celebran el efímero triunfo de su reinado roedor.

El péndulo de la historia nos está enseñando severas lecciones que no pueden producir una reacción distinta al asco, un asco que se cimenta y evidencia en el sentimiento de impotencia: otra vez los débiles e independientes votantes que acuden a las urnas, desposeídos de esperanza, de ilusiones, porque las ratas los han amenazado que si no votan por ellos no habrá pan para su familia.

Mientras tanto, desde el cielo de Medellín, dos soldaditos que dependían de la negligencia y el placer de show de sus superiores, mueren por la patria. Quizá nunca entendieron que tan solo eran dos simples y diminutos piñoncitos dentro del oscuro andamiaje del imperio de la codicia.

 

Por: Daniel Olarte

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