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El desperdicio alimentario ha alcanzado cifras alarmantes, criminales diría yo. Ya se sabía desde hace bastante tiempo y en esta misma columna se dijo hace casi dos años que “la región del Pacífico (Nariño, Cauca, Valle y Chocó), bota más de un millón de toneladas de comida en su etapa de producción. Es decir, en las fincas y fábricas; lo que supone el 17% del desperdicio nacional. Eso ya es una barbaridad. Pero además esta misma región bota casi medio millón de toneladas de comida en su etapa de consumo. Es decir, en los supermercados, tiendas y hogares; lo que supone el 13% de la comida desperdiciada en el país”.

El Gobierno por fin ha tomado cartas en el asunto, y aunque resulta extraño que el nuevo proyecto de ley presentado no haya llegado durante el Gobierno anterior, al menos hay un carácter de urgencia para remediar el hecho de convivir entre el desperdicio y el hambre.

Y es que este problema no es colombiano. Es mundial. La FAO establece que un tercio de la comida del mundo se pierde o se desperdicia. Esta organización habla de pérdida, cuando se trata de cosecha, y de desperdicio cuando se trata de consumo. Y advierte que el desperdicio se ha convertido en un hábito.

El “consumir preferentemente” nos parece igual que la fecha de caducidad, y ese alimento va a la caneca, cuando a unos pocos kilómetros un niño pasa hambre. Eso es criminal.

Por supuesto no es lo mismo el desperdicio y pérdida en Europa, que es altísimo, que en América Latina, porque en Europa no hay pobreza extrema y aquí sí. Aun así, Europa está a tiro de avión de regiones del África central, donde la hambruna es dramática.

En fin, que ese proyecto de ley busca obligar a las empresas productoras a donar alimentos antes de su vencimiento, y también que los bancos de alimentos sean gratuitos; con mejores controles, por supuesto, pero gratuitos. También estaría bien que se sancionase con la mayor de las penas a quienes especulan con la alimentación infantil, pero ese es otro tema.

Este que nos atañe tiene que ver con la concientización del desperdicio. Ya existe una serie de normas para no desperdiciar, aunque no todas las ponemos en práctica: servir porciones de comida más pequeñas en casa y compartir si son muy grandes, reutilizar las sobras, comprar solo lo necesario, no tener prejuicios (no hay fruta fea), enfriar a una temperatura entre 1 y 5 grados, consumir primero lo alimentos más viejos de la nevera y donar.

Y lo que yo siempre insisto: entender la diferencia que hay entre “fecha de caducidad” y “consumir preferentemente antes de”. La primera es cuando un producto ya no es apto para el consumo, y al segunda cuando pierde sus propiedades. Un queso tiene fecha de caducidad, pero un yogur tiene consumo preferente. Por lo tanto, la fecha que aparece en el producto no es en la que toca deshacerse de este; puede aguantar un tiempo más en la nevera.

Hay una experiencia interesante en la Costa: Se llama Mango Jam y se realiza en Santa Marta, Palomino, Minca y Buritaca. Se trata de actividades en torno a la cosecha de mango: fabricación de productos no perecederos, talleres artísticos, jornadas de autogestión para la conformación de una cooperativa de trueque de conservas, prácticas de economía solidaria, así como el diseño y producción de un recetario a manera de revista informativa.

¿Lo podemos aplicar en Nariño? Yo creo que sí.

 

Por: José Arteaga

(Twitter: @jdjarteaga)

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