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En la semana que pasó las vitrinas de todo el comercio a nivel nacional se vieron copadas con carteles que anunciaban la llegada del día negro o black day, también se escuchó hablar de él en los anuncios publicitarios a través de la televisión, la radio y las redes sociales. Era un llamado a comprar cualquier cosa, porque como se decía hasta no hace mucho los almacenes estaban tirando la casa por la ventana. El llamado black day tiene un origen cuasi religioso pues resulta de un acto de agradecimiento que se le brinda a la naturaleza por haber sido tan generosa con los hombres brindándoles buenas y abundantes cosechas, tanto que no solo permite abastecerse para todo el invierno sino que sobra y como hay productos que no puede guardarse durante largo tiempo se deben de aprovechar en el momento y por ello se procedía a organizar un gran banquete, el del día de gracias, durante el cual se compartía todo. Pero como no todo alcanzaba a consumirse entonces, al día siguiente se procedía a regalar para ayudar a los que por cualquier motivo no contaban con lo suficiente para pasar bien la larga temporada invernal, a este día se le llamó día negro o black  day, que es como se le llama en el idioma inglés, porque la costumbre es anglosajona, traída al continente americano por inmigrantes ingleses e instaurada en los Estados Unidos como una extensión del único festivo con carácter religioso que cuenta la cultura gringa.

Lo que ha pasado con este ritual es que terminó descontextualizado por obra y gracia del capitalismo rapaz que no respeta ningún principio ajeno a sus conceptos y de ser un acto de comunión pasó a representar lo que es hoy, una incitación al derroche, la paradoja de lo que fue cuando la austeridad mandaba a no desperdiciar y si a aprovecharlo todo, a compartir el excedente porque se valoraba en lo bienes el carácter de servicio que mandaba a disponerlos ante quien los necesitara. Todo lo contario a lo que hoy sucede cuando se ve multitudes de hombres y mujeres parados a la espera de que abran las puertas de par en par de los grandes supermercados y centros comerciales para entrar a agarrar todo cuanto alcancen a llenar en los carros de compras, sin que importe mucho lo que sea y para lo que sirva, supuestamente esta barato y se debe de comprar por esa sola razón sin detenerse a penar en su real necesidad y mucho menos en la calidad, pues toda la publicidad con la que se oferta el día negro obedece al propósito, este si sagrado del capitalismo, de llevarlo a creer que más que necesitar producto alguno, lo que se debe satisfacer es el ansia de consumir. El mensaje claro es: primero compre y después vea si le sirve o no.

Hoy el mundo está en poder de las pocas manos que dominan desde la producción hasta el mercado pasando obligatoriamente por el de las finanzas. Aquí el ciudadano común no es más que un medio a través del cual los únicos propietarios de la riqueza se surten y consolidan su poder omnímodo. Son ellos los que han creado la nueva iglesia a cuyos templos, centros comerciales y bancos, asiste para cumplir con su rutina una feligresía cada vez más enajenada y convencida de la necesidad de consumir, para lo cual debe de sacrificar su cuerpo exigiéndole rendir en extensas jornadas de trabajo, a de más de ofrecerlo como parte del mercado en la sección de vida saludable y belleza. Es que esta nueva iglesia, a la manera de las confesiones fundamentalistas, no solo le pide para su dios el fruto de su trabajo, le quita su voluntad y decide si merece la vida en un día de verdad negro.

 

Ricardo Sarasty.

ricardosarasty32@hotmail.com

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