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Jueves, Noviembre 21, 2019 - 10:42

Todo cuanto nos rodea está diseñado a la medida del automóvil y para la comodidad de una odiosa minoría. Una clase que no evidencia más que serios problemas que les impiden ser generosos y consecuentes con un modelo más justo de desarrollo.

Hoy, con impotencia vemos cómo el auto particular invade las calles, proyecta los edificios con sus remansos y parqueaderos, coloniza el paisaje, ocupa el subsuelo del espacio público y los jardines deben protegerse con bolardos para evitar su incursión. Su ruido de más de 80 decibelios es nuestra banda sonora; sus gases contaminantes, nuestro perfume, y su mugriento manto de hollín, un triste regalo.

 Tengamos o no tengamos carro, percibimos los efectos de esta especie depredadora que cada año acaba con miles de personas en Colombia dejando decenas de miles de heridos, amén de triplicar los problemas respiratorios.

 Y para colmo, el transporte privado no es en verdad tan privado ya que cuesta miles de millones sostenerlo, valor que injustamente pagamos los contribuyentes, aunque vayamos en bus o en bicicleta. Como si no fuese factible, a través del ejercicio político y la conciencia social, avanzar hacia otro escenario mejor para todos.

 Por tanto, es necesario ir construyendo una alternativa real al automóvil, pero debe ser seductora, no impositiva. Ningún conductor dejará de ir al trabajo solo hasta que no le sea más rentable o divertido hacerlo acompañado. La alternativa al carro no es la inmovilidad, sino una amplia red de transporte público eficiente y barata. Es hora de concertar e invertir para que la mayoría de medianas urbes colombianas alcancen un servicio colectivo generoso, sin las largas esperas que desesperan, higiénico, ágil y seguro.

 ¿Y si además promoviésemos el uso de las piernas? Casi todos tenemos dos, y moverlas es doblemente beneficioso: mejora la salud y nos traslada. Es sorprendente comprobar cómo en 20 o 30 minutos es posible cruzar casi media ciudad promedio de las nuestras sin vivir atascos ni producir humos, gozando de nuestro rico paisaje urbano. Es agradable comprobar el alcance autónomo del propio cuerpo.

 Pero, a veces, caminar resulta un suplicio por tener que ir salvando los innumerables cachivaches que pueblan las aceras: boyas, ‘aliens’, postes, vallas, quioscos... Amén de esquivar las motos, talleres o ventas ambulantes que campean por los andenes. Cruzar un semáforo puede llegar a ser una proeza olímpica: ¿alguien ha logrado salvar un cruce de avenida o esquina céntrica sin arriesgar su vida o al menos sin acabar haciendo un ridículo y fatigante ‘sprint’? ¿No debería tener prioridad el ciudadano peatón sobre el carro de algunos ciudadanos? Es el momento de una reivindicación tan obvia como pendiente, que al menos en los pocos kilómetros cuadrados de acera que tenemos, apenas el cinco por ciento del suelo de la ciudad, sea verdaderamente del peatón. 

Hay que incentivar el uso de los zapatos, el transporte más ecológico, barato y saludable que tenemos. En consecuencia, hemos de ir avanzando en la peatonalización de zonas urbanas, el ensanchamiento de aceras, la construcción de más plazas, parques amables, senderos y alamedas caminables. No es exagerado decir que contamos con un aceptable espacio público urbano pero poco estimulado y diseñado para que lo disfrute el caminante. Es hora de que empecemos a “patonear” como es debido nuestras ciudades. Es el mejor tiempo para darle todo el privilegio al viandante, al ciudadano peatón.

Fabio Arévalo Rosero MD.

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