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Domingo, Octubre 7, 2018 - 20:51

…el ministro se embolsilló de un solo tajo el equivalente al salario mínimo de más de 10 mil trabajadores

No voy a hablar en esta columna de la suerte del ministro de Hacienda Alberto Carrasquilla, prefiero discutir sobre el alcance real de algunas de sus propuestas y la probabilidad de que estas puedan salir avante.

Una operación aritmética sencilla, por ejemplo, dividir 8.000 millones entre 782 mil, da como resultado 10 mil 240, de tal suerte que si lo que dijo el senador Uribe es cierto (que Carrasquilla no se enriqueció, que solo se ganó 8.000 millones), quiere decir que el ministro se embolsilló de un solo tajo el equivalente al salario mínimo de más de 10 mil trabajadores; y siendo la misma persona que sostuvo hace años y repitió ahora de ministro aquello de que “El salario mínimo en Colombia es un chiste, ridículamente alto…”

La tesis está basada sobre tres premisas: la primera, que el valor del salario mínimo -como cualquier otra mercancía- debe estar sujeto a las condiciones de demanda y oferta del mercado, pero que infortunadamente por cuenta de las negociaciones del gobierno con el sector sindical, este ha crecido de tal forma, que si se compara con el valor promedio de salarios en el país, resulta extremadamente alto. Observa el ministro, que existen algunos países en el mundo que no tienen salario mínimo, y menciona solo a Suiza y Alemania (háganme el favor), aunque reconoce que este último tomó la decisión de implantarlo recientemente, según él, “como parte de una política populista”.

El segundo argumento es que la economía colombiana está frenada por los altos costos que deben pagar los empresarios para contratar personal; y el tercero, que con la reducción del salario mínimo las compañías podrían vincular más personas, muchas de las cuales se encuentran actualmente desocupadas por lo que su salario resulta extremadamente bajo (es cero). Francamente, y por esa vía de análisis, el salario mínimo puede llegar a ser el culpable de las inundaciones que se originen del próximo invierno.

La inequidad de los salarios es una constante en Colombia: padecemos fallas estructurales de un modelo que tiende a perpetuar una desigualdad tan pronunciada y tan vieja, que también termina siendo estructural, y que se registra hoy en día como una de las más críticas del mundo. El modelo –que actúa como embudo- no permite ni el crecimiento ni la consolidación de una clase media dinámica y emprendedora que empuje el desarrollo nacional.

El planteamiento de que el salario mínimo frena el desarrollo empresarial, encierra de por sí una contradicción absurda del pensamiento neoliberal, sencillamente porque si la gente no gana dinero, pues no compra ni ahorra, y si no lo hace, las empresas no venden ni invierten.

Con mayor sensatez, cabría mencionar otras causas para que muchas empresas no prosperen, por ejemplo: en Colombia no existe el concepto de igualdad de oportunidades; los tiempos y trabas que toman los trámites de todo tipo (léanse peajes) son abrumadores y duran en Colombia casi el triple del que se requiere en otros países; los recursos bancarios están concentrados y son de difícil acceso; no hay ferrocarril y las vías son escasas y precarias; la dependencia exportadora de materias primas sujetas a los precios internacionales; el presupuesto para la investigación técnico-científica se reduce cada año y no hay espacio para la innovación; enfrentar la violencia interna de todo tipo y costearles a los gringos la guerra contra el narcotráfico vale billones del presupuesto nacional y para completar, las cifras que se pierden cada año con la corrupción y la burocracia son incalculables.

Por estas mismas razones, y con todo respeto ministro, pero achacarle también al salario mínimo el problema del desempleo ya no solo me parece un yerro técnico o una mala interpretación macroeconómica, sino más bien una falta absoluta de ética y sensibilidad social.

Por: Miriam Martínez Díaz

@PazAportes

 

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