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Martes, Septiembre 10, 2019 - 16:46

Héctor Palacios es un pastuso de racamandaca, a quien un día se le presentó la oportunidad de viajar a China para continuar sus estudios. No lo pensó dos veces, se fue para allá con poquito dinero y un equipaje ligero. Lo que en un principio era sólo pasar una temporada en ese país para aprender el mandarín, se le convirtió en su lugar de su residencia: está radicado en el país asiático desde hace 25 años, y en los últimos años ha incursionado en la música vallenata, a tal punto que se convierte en un gran artista que entretiene a los chinos.

Nacido en Rosa Florida, una población al norte de Nariño, fue enviado a Pasto para que hiciera su bachillerato. Para ello fue encargado en la casa de un tío. Posteriormente, haría dos carreras simultáneas: Educación física (en la mañana) e idiomas (inglés y francés, en la noche) en la Universidad de Nariño. Su deseo era continuar sus estudios en el exterior, por eso frecuentaba el Icetex, un instituto que además de gestionar créditos, otorgaba las becas que ofrecían otros países.

En alguna oportunidad, en la cartelera del Icetex encontró una oferta educativa en China que se ajustaba a lo que él había estudiado: entrenamiento deportivo y mandarín. Tramitó los certificados en la universidad, y arrancó para ese país. Allá no conocía a nadie. Mientras aprendía el idioma, todo lo solicitaba mediante indicaciones de dedo. Pero le fue muy bien con el temido mandarín porque a los 6 meses ya tenía amplio dominio y se podía comunicar de manera eficaz.

Para su sostenimiento no se quedó con los brazos cruzados salió a la calle a buscar trabajo, y hacía lo que se le presentara. Trabajaba de manera permanente o por horas: ofreciendo clases de salsa y merengue o de barman. “Todo pesito contaba”. Su refugio, sus sueños y sus raíces estarían marcados por el destino para que tomen asiento en Beijín, la capital del hoy por hoy país más industrializado y potencia mundial. Una urbe monstruosa con 22 millones de habitantes.

¿Y qué puede hacer un pastuso en medio de rascacielos, estaciones de metro, una ciudad que no duerme, aglomeraciones de personas en cuanto lugar se frecuenta, comidas exóticas, el bullicio, la contaminación, rostros extraños y una cultura diferente? Pues, nada más que sacar ese tesón de donde no lo haya y seguir adelante. Aunque confiesa que hubo momentos duros que le provocaban llorar y regresar a su tierra; retornar a su infancia, donde vivía placida y lentamente la vida del campo, o al menos a una ciudad pequeña como Pasto: “¡Dios, como extraño mi tierra!”.

Un pastuso en la China era como una partícula de polvo en el universo. Veía pasar mujeres de todas las edades, unas más jóvenes y otras menos, pero le parecía que eran hechas con el mismo molde, ‘ojirasgadas’, espigadas, con los rostros blancos, como si fuesen de porcelana. Indudablemente prefería la belleza de la mujer latina. Pero poco a poco se fue dando cuenta, que todas tenían su encanto; fue descubriendo la dulzura interna que albergaban esas sonrisas al estilo Monalisa y sus rostros tersos.

Todo era extraño hasta que llegó la mujer que haría “estragos” en su corazón, se enamoró de una bella y adorable mujer china, con la que decidió arrojar las llaves al mar, para posteriormente jurar bandera como un connacional de la mujer que lo llevó al altar y con quien conformaría una familia; situación que le conduciría a poner fin a la nostalgia y las ganas de estar en su Rosa Florida del alma.

En alguna oportunidad la Selección Colombia de Futbol jugó un partido en Chonqin. Allí conoció a Ángel Emir Soto. Luego de celebrar el triunfo 4 a 0, el opita también resultó siendo músico, como él, por lo tanto, Palacios le confía que ha tenido un sueño, consistente en hacer una canción dedicada a la China en señal de agradecimiento por la oportunidad de progreso; pero también porque tiene un gran sentimiento por Colombia, esa canción tiene que ser en vallenato. Y para unir a las dos naciones con un ‘link’ decide que sea en chino.

Por: Aníbal Arévalo Rosero

fundacionecosofia@gmail.com

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