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Domingo, Septiembre 13, 2020 - 11:31

El 23 de agosto de 1970 arriba a la ciudad de Pasto el entonces recién graduado de letras Gustavo Álvarez Gardeazábal, había ganado una convocatoria realizada por la Universidad de Nariño para ocupar un cargo de profesor titular. Llega, “con patillas de prócer, pelo largo a lo hippie y estricto vestido de paño y corbata como mandaba la tradición universitaria…”, colgaba de su hombro una guambia de cabuya y en su ser se dibuja la silueta de ese personaje que poco más tarde irrumpiría en las páginas de Cóndores no entierran todos los días.  Confiesa en una de sus crónicas que su llegada a Pasto le permitiría escribir esta obra en un contexto de soledad, aislamiento, total silencio y rodeado de un calor humano particularísimo “que no he podido borrar de mi memoria”. Alquila una casa en el barrio Las Cuadras “donde viví los tres años más felices de mi vida”. Ese fue, según sus palabras, “El marco de sus ensueños”, desde el patio de esa casa solariega oía el correr del Río Pasto y podía contemplar la mole del Galeras en el horizonte.

En esa casa y en el cubículo que le dieron en la ciudad universitaria de Torobajo escribió Cóndores no entierran todos los días, que no duda en presentar a la convocatoria del Premio Manacor, donde, entre otros, fungía como presidente del jurado nada más ni nada menos que el premio nobel de literatura Miguel Ángel Asturias. En el apartado aéreo número 965 recibe  en el mes de septiembre del año 1971 la carta que le comunicaba que había sido el ganador. En su crónica de un enchuspado el escritor Gustavo Álvarez Gardeazábal confiesa que “La felicidad se compartió y el maestro Ignacio Rodríguez Guerrero, que me honraba recibiéndome en su casa atiborrada de libros, organizó un homenaje a la más antigua usanza para que asistiera desde el gobernador hasta el rector y a manteles todos hicieran parte del galardón…”.

Más adelante y en la misma crónica de un enchuspado el mismo Gustavo Álvarez Gardeazábal expresa, en tono emotivo y de profundo agradecimiento con la ciudad de Pasto y su gente que “probablemente si no hubiese vivido esos años en Pasto, en tamaño aislamiento y lejos de los obstáculos que en Cali siempre me pusieron, no habría escrito Cóndores. Hoy, cincuenta años después de haber llegado a la Universidad de Nariño… Hoy, añoro esos días y a tantos que me hicieron posible aquella felicidad…”.

La llegada del escritor Gustavo Álvarez Gardeazábal perturba el orden, mueve los cimientos de su moral, de su psicología y enciende todas las alertas contra un foráneo que exhibe libremente su homosexualismo y se atreve a vivir con Roke, su amante Barranquillero. Son tres años de controversia, de enfrentamientos contra el establecimiento y contra todo lo establecido hasta entonces.

Movidos por ese resquemor y ante la imposibilidad de vencerlo ideológicamente, la elite pastusa escoge la ofensa y la diatriba para tratar de mover desde sus cimientos a ese personaje que altera el orden establecido. Acuden a su pinta de hippie, sus patillas de prócer y, especialmente, a su   guambia de cabuya que colgaba de su hombro, le escupen el apelativo de Trapito, el “Profesor Trapito”, haciendo referencia a un personaje de las tiras cómicas de la época.

Ninguna obra es tan actual como Cóndores no entierran todos los días, escrita en Pasto, premiada y traducida y dueña de un estilo que bien nos permite afirmar y exigir a nuestra Academia de la lengua la Postulación de Gustavo Álvarez Gardeazábal como candidato al Premio Nobel de Literatura. Bastaría con esa obra, con esa universalidad, con ese lenguaje aldeano y universal para que su autor reciba el más grande de los galardones literarios otorgado por la Academia Sueca. El Cóndor logró retratar y eternizar a esa Colombia violenta que con los años únicamente se ha reinventado para dar lugar a cientos de Cóndores en la geografía nacional.  Una denuncia que se hizo literatura hace cincuenta años cautivando a escritores y lectores tan exigentes como Miguel Ángel Asturias.

No nos queda duda alguna, su lenguaje, ritmo, canto y prosa son los elementos esenciales que un nobel de literatura alcanza después de un largo y tortuoso recorrido literario.  En el caso de Gustavo Álvarez Gardeazábal es el testimonio de un periplo psicológico y literario adobado con dolor y sufrimiento vivido en las calles de Tuluá, donde el Cóndor dio sus primeras muestras de valor al amenazar una inmolación en defensa de sus ideas y presagios.  Y que luego dieron lugar a la irrupción de cientos de Cóndores en los distintos pueblos, veredas y caminos de la geografía nacional.  Su estilo y lenguaje son precisos, universales, exactos y un presagio de todo aquello que se nos vendrá encima a los colombianos.  Después de cincuenta años, el Cóndor aún azota los pueblos, las vidas y los instantes de cientos de compatriotas.  Una novela que se escribió con dolor y se recuerda con sangre, que se la lee en una tarde pero que no se olvida en el transcurso de una vida, una obra que nos permite entender que la fábula y la realidad son una moneda de una sola fisonomía, donde la cara y cruz muestran siempre la imagen de un cóndor tiñendo a Colombia del color de su sangre.

Por: Pablo Emilio Obando A.

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