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Sábado, Noviembre 16, 2019 - 17:20

“El que no trabaja que no coma” dice el apóstol Pablo en la segunda lectura. Siempre he considerado que es una expresión muy fuerte para referirse a aquellas personas que viven desocupadas, metiendo las narices en todo y, al mismo tiempo, afectando las relaciones interpersonales. La invitación es clara “trabajen con tranquilidad para ganarse el pan”. De cada uno depende lo que logre, debemos poner todo lo que esté a nuestro alcance para lograr las metas.

El trabajo es el camino por el cual las personas ayudamos en la construcción de un mundo mejor, aportamos lo que somos y lo que tenemos para que junto con el aporte de los demás seamos más hermanos y hagamos un país donde la vida es posible, donde la justicia es criterio fundamental en las actuaciones de las personas y el bien común se convierte en meta para todos.

Por otro lado, el evangelio habla de señales y del final de los tiempos. Ante esto tenemos dos actitudes diferentes: la de quienes piensan que ya el final es inminente y que nada hay por hacer, que lo único que queda es esperar el final y nada más. La otra, cargada de esperanza, nos muestra un mundo inacabado, en el cual podemos aportar desde nuestra experiencia, un mundo en el cual estamos todos comprometidos. Es el camino de quienes saben que el trabajo es el camino para vivir dicho compromiso.

El leer el pasaje del evangelio para este domingo no debe llevarnos a esa actitud fatalista de quienes consideran que todo está acabado, que el esfuerzo de cada día es vacío e infructuoso. No conocemos el fin de los tiempos, es algo incierto. Debemos prepararnos para ese momento. ¿Cómo? Con nuestro trabajo asumido responsablemente, con nuestra entrega a las labores de cada día, con el sentido que le demos a todo lo que hacemos. No por simple obligación, como una carga, sino como el camino que nos lleva a la consecución de esa paz que tanto anhelamos.

Qué distinto sería el mundo si cada persona asumiese su compromiso como debe ser, sin pensar en lo que hagan o dejen de hacer los demás. Serían ambientes mucho más sanos espiritual y humanamente. Habría más cordialidad en las relaciones, no habría espacio para los chismes y comentarios inapropiados que dañan y destruyen.

El trabajo honra a la persona, la dignifica. No importa cuán sencillo o complejo sea dicho trabajo. Darle sentido, mirarlo como vocación ha de ayudarnos. De otra manera, todo sería un peso y una obligación. Debemos reconocer que la realidad actual nos ofrece un panorama de desempleo y subempleo. Es también parte de nuestro compromiso el hacer lo que esté a nuestro alcance en esa línea, buscando una sociedad cada vez más justa y fraternal, donde los valores fundamentales no sean solo un discurso sino que nos lleven a compromisos reales.

El sentido del trabajo debe ayudar en el proceso de dignificar a la persona. Busquémoslo.

 

Por: Enrique A. Gutiérrez T., S.J.

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