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Lunes, Noviembre 11, 2019 - 16:34

La vivencia entre la riqueza y la pobreza es un hecho omnipresente a lo largo de la historia de la humanidad. Unos consumiendo a manos llenas y otros sumidos en la escasez y la miseria. Unas personas que por ostentación despilfarran más de lo que tienen. Otros, pobres en salud y dinero gastan lo poco que tienen.

Vemos constantemente cómo el rico sólo se acuerda del pobre cuando necesita de él. En su vida cotidiana el rico casi nunca tiene presente ayudarle al pobre a tener una vida digna. Igualmente, en nuestra vida diaria, muchas veces pasa lo mismo. Sólo nos acordamos de los demás para nuestro propio provecho y bienestar.

El rico generalmente dedica su existencia para acumular y poseer muchos bienes, consagra su vida a satisfacer su propio gusto, en vez de haber empleado su riqueza en hacer obras de misericordia.

Debemos tener muy en cuenta que todos los bienes y talentos que recibimos de Dios son para servir a los demás. Muchas veces no podremos ayudar materialmente, pero podemos dedicar nuestro tiempo, expresar una sonrisa, dirigir unas palabras amorosas. La mejor forma de transmitir a Cristo, de evangelizar a la humanidad, es con nuestro ejemplo, con la simple donación de unos minutos a los demás, tiempo que es la mayor riqueza que tenemos para dar. 

Al hablar de riqueza y pobreza no se quiere hacer referencia tan sólo a la desigualdad en la distribución de los bienes materiales que hay en el mundo y la necesidad de la solidaridad y caridad cristiana, sino que es un reflejo del pasado y presente de la vida humana. No hemos sido creados para este mundo pasajero y limitado, sino para la vida eterna. El que se apega a las cosas materiales, se verá despojado de todo tras la muerte, pues lo único que ha acumulado en vida, las riquezas, también perecerán. Por eso Jesús propone con sus enseñanzas vivir en este mundo con los ojos puestos en el cielo, nuestra verdadera patria y nuestro verdadero fin.

Desafortunadamente el dinero esclaviza no sólo a quienes ya son ricos, sino también a una amplia mayoría que han conseguido ya un notable nivel de vida -sin ser propiamente ricos- pero que se desviven por tener cada vez más. Por eso, unos y otros debemos reflexionar hoy. Respetando a quienes luchan por llegar a un nivel mínimo o medio de vida, es decir aquellos que trabajan arduamente no por acumular, sino por tener una vida digna.

Pidamos a Dios que la preocupación por los bienes de este mundo no nos vuelva ciegos y de esta manera podamos ver al hermano necesitado que está junto a nosotros; que no nos vuelva sordos al llamamiento de Cristo para así compartir nuestros bienes con los demás.

Dios, por intermedio de Jesús, nos está hablando e invitando continuamente a ser solidarios, a ayudar a los pobres y necesitados, a no despilfarrar nuestros bienes. Y lo hace precisamente a través de esos mismos pobres y necesitados que conocemos y con los que nos tropezamos en cualquier momento. Son el rostro de Jesús que se nos aparece y nos pide ayuda y solidaridad.

 

P. NARCISO OBANDO

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