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Lunes, Noviembre 18, 2019 - 17:26

Esta pregunta no es solamente para los católicos y cristianos en general, aun aquellos que no profesan ninguna religión o que se autoproclaman ateos, deberíamos, de vez en cuando, reflexionar sobre nuestra propia muerte, porque, innegablemente, todos vamos a morir.

Este pensamiento viene a la cabeza porque en los últimos meses he tenido que acompañar a varios amigos que han perdido a alguno de sus familiares. No puedo describir el sentimiento de tristeza que los invade al sufrir ese momento de la más temida despedida. 

Creo que ese es un temor que todos los seres humanos experimentamos, el miedo a despedirnos de nuestros familiares y seres queridos, porque no estamos preparados para ese momento. De hecho, nadie lo puede estar, ni siquiera aquellos que conviven con un enfermo, pues tienen la ilusión de la recuperación de su salud y la vuelta a sus actividades cotidianas. Por eso, es aún más difícil aceptar la partida de alguien que fallece inesperadamente.

 Reflexionando de manera positiva ante la muerte, hay que saber despedirse de la persona, con la convicción que ha concluido su misión en este mundo y entregarlo a Dios con generosidad, porque es de Él y sólo a Él pertenece esa vida.

Por eso es tan grave el pecado del homicidio, pues nadie tiene derecho a privar de la existencia a un semejante. Desde el momento en que esa persona ha sido concebida en el vientre materno, ya es una vida, un ser humano completo al que sólo le hace falta crecer y que es propiedad de Dios, únicamente a Él le corresponde el derecho de decidir sobre él.

Debemos ser conscientes que todo lo que vale la pena conlleva sufrimiento. Si se quiere a una persona, hay que respetarle y darle su lugar porque es un ser humano valioso y digno.

Todo, pues, implica una dosis de esfuerzo, entrega, responsabilidad y sacrificio, pero valdrá la pena, así, el día que nos toque entregarle cuentas al Dios, podremos decirle que la vida no fue fácil pero que nos esforzamos mucho para que fuera buena, para no lastimar a nuestro prójimo, para dejar huella dando buen ejemplo a los que venían detrás de nosotros, que la vida la hemos aprovechado como si cada día fuera el último.


Y es sano recordar constantemente que algún día moriremos, porque nadie sabe el día y la hora de su partida. Por eso, vivamos en paz, amemos a nuestra familia, dejemos a un lado los rencores, seamos amables y pacientes con todos, no fomentemos la injusticia y la corrupción, si podemos ayudemos a los demás con nuestros bienes, cultivemos nuestra relación con Dios y reflexionemos diariamente, si hoy me muriera, ¿estaría preparado para entregarle cuentas al Creador? Porque, una vez muerto, no hay vuelta atrás.

 

Por. Narciso Obando
López,

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