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Domingo, Mayo 27, 2018 - 16:31

Este es un día diferente, tal vez, o igual a todas las elecciones presidenciales, con seguramente altos niveles de abstención pero que da pie a reflexiones sobre lo que se dará.

¿Ilusos o realistas? Sí y no, pues es sabido que acceder al gobierno no cambia en esencia la realidad del poder realmente existente; como también es conocido que asumir el reto de pretender el gobierno por parte de un proceso social, una organización dada o similar, con la promesa de cambio social, es enfrentarlo ante un imposible, mucho más cuando ese gobierno es producto de un simple triunfo electoral, es decir, del cambio de Ejecutivo, lo cual no toca los poderes legislativo y judicial, así como el militar, y otros factores de poder como Procuraduría, Contraloría y similares.

Esto sin adentrarnos en aguas profundas como la necesaria afectación de la cultura dominante y del modelo económico-social, sin lo cual ningún cambio es real ni duradero.

Más allá de la democracia formal y su consuetudinaria expresión electoral, un cambio de alguna manera estructural sólo será posible luego de una intensa lucha social, con arraigo en infinitud de formas de organización comunitaria y otras, así como de la producción de todo tipo de saberes y riquezas, potenciado además, aunque no necesariamente, desde el Ejecutivo anhelante de cambio, una cabeza de gobierno dispuesta por tanto a someterse al mismo tiempo a las novísimas dinámicas y exigencias derivadas de la insurgencia social.

Es decir, un poder formal decidido a reconocer, potenciar y someterse al poder informal, dispuesto a romper la cultura política dominante, la misma que la limita a la administración del Estado, cuando de lo que realmente se trata es de la vida, de defenderla y elevarla a su máxima satisfacción para el conjunto humano de que se trate. Ilusos, sí.

Luces y sombras. Lo más llamativo de la generalidad de las campañas electorales vividas en Colombia, además de sus lugares comunes en escenografía, comunicación y propuestas, limitadas al marco de lo establecido, es que, sin excepción, cada uno de los candidatos considera ser el mejor, que saldrá elegido y que todo lo que se le critica es errado.  

Una primera visión señala que los dos candidatos punteros de las encuestas pueden  representar un paso al vacío en su forma no de hacer política, sino de deshacerla.  Su talante, el tono de quienes los rodean, esa sensación de desquite, de cuenta  de cobro es racionalmente deducido no es lo que necesita este país. El ánimo y el futuro del país no pueden estar puestos en sacarse un clavo. Y la vía de una constituyente bajo ese espíritu “destructor” sería un golpe adicional para la fractura que padecemos.

Llevamos siglos de exclusiones. La Constitución del 91 no será perfecta, pero es un acuerdo sobre lo fundamental que aún tiene vigencia. Por caminos opuestos, sería el regreso a la visión de que “salvar” a Colombia exige que se restrinjan derechos y se desconozca a las minorías, promoviendo así una cultura de la exclusión, ya sea por cuestiones de credo, filiación política o situación económica.

Las dos visiones y verborreas espantan: la que condena a todos los contrarios como inmorales y pecadores; y la que sataniza a quienes hacen empresa y producen riqueza en el país. Populismo e intolerancia, coctel peligroso. Se desea en cambio no solamente un gobierno que sea incluyente, con capacidad de escuchar al otro, sino cuyo lenguaje con el que aborde los problemas del país, las diferencias, las contradicciones y los antagonismos no sea un lenguaje violento.

Llevamos al menos dos años naufragando en ese discurso y no promete nada un ambiente donde los líderes del país validan el lenguaje o comportamiento agresivo, descalificador, que juzga al otro y lo anula. Así, por ejemplo, Duque y Petro parten de la base de la exclusión: el cambio que proponen y predican es para establecer su modelo, pero no para incluir a todo el país.

El comportamiento de muchos de sus copartidarios, además, le suma a esa forma malsana de ser y estar que se ha enquistado en la política colombiana, en el cotidiano nacional. De pasar a segunda vuelta y sin importar quién sea el ganador, empezaríamos un gobierno montados sobre la desconfianza. Medio país dudando del otro medio; un gobierno con una parte de Colombia en contra, azuzada. Insistir en la polarización nos llevado a esto: ninguno está construyendo lazos o puentes; ninguno está construyendo país, sino su tumba.    

Guillermo Alfredo Narváez Ramírez

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