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Domingo, Mayo 5, 2019 - 17:38

Una fotografía, cualquiera que sea, es una ventana abierta hacia el túnel del tiempo, una condensación del instante que ya pasó.

Hace años, Cartier-Bresson, un francés de quien se dice fue el padre del fotorreportaje, respondió en una entrevista con una frase inolvidable: “fotografiar es colocar la cabeza, el ojo y el corazón en un mismo eje”. Más que una frase, fue una definición formidable de un arte que ha sobrevivido y servido como pocos a la construcción de la historia universal; y digo yo, no solo un arte, es la prueba irrefutable de la existencia del pasado, de lo que ocurrió y lo que dejó, de los rostros y los paisajes y los sentimientos y muchas veces hasta de los secretos que se fundieron y entrelazaron en un santiamén.

Hace un par de semanas presencié en el Teatro Colón en Bogotá, el documental titulado Él Testigo”, basado justamente en la obra fotográfica de Jesús Abad Colorado, y que más a delante fue trasmitido por televisión.

“El público sale derrumbado” dijo él mismo poco después del evento. Y efectivamente así fue: salimos derrumbados, con las caras largas y los ojos enlagunados, se sentía el peso de haber sido testigos de una tragedia. Jesús Abad nos mostraba no solo su trabajo de 25 años recorriendo a Colombia para conocer en persona a los protagonistas de la guerra, sino que nos estaba poniendo en frente de quienes la padecieron y la sufrieron y la ejecutaron y hasta desaparecieron con ella.

Fue y sigue siendo un trabajo formidable. Una toma muy estremecedora -de más de quinientas- nos revela un niño en solitario arreglando el cadáver de un hombre que hacía poco había sido puesto en una camilla, en la morgue de un hospital, luego de ser asesinado en una masacre. La imagen es terrible, pero Abad hace la tarea completa: 15 o 20 años después busca al niño y lo encuentra, y le exhibe la foto, y platica con él sobre lo sucedido.

El niño, que ahora es un hombre hecho y derecho y con familia y una vida por delante describe lo que piensa del conflicto, y es entonces cuando Abad logra descubrirle al público que esa persona, humilde, inocente, como tantas otras víctimas de la violencia, está dispuesto a perdonar para encontrar al fin la paz.

Abad no solo retrata, relata el dolor y la resistencia. Pone su trabajo al servicio de la sociedad: está comprometido con sus causas. En otro momento dice de sus fotografías: “Lo ideal es que tengan nombre”. Y sí, ya es hora de que tengan nombre. Las víctimas del conflicto colombiano no pueden quedar anónimas, ni los hechos, ni las causas, ni las razones que se tuvieron para cometer los crímenes.

Por eso hay que unir cabos. Los lances que le hicieron durante los últimos días los uribistas a la Justicia Especial para la Paz -la JEP- no solo fueron técnicamente absurdos y bajo el amparo de argumentos falaces, sino inaceptables. Destruir la JEP, deslegitimarla o minar su credibilidad, atenta directamente contra la posibilidad de descubrir la verdad en Colombia para poder algún día arrimarnos a los senderos de la reconciliación.

No podemos dejar que nos sigan timando. ¿A quiénes les puede interesar que no se sepa nunca la verdad? ¿Quiénes pretenden guardar en secreto los secretos de la guerra y los intereses que la movieron? No creo que la preocupación sea de quienes ejecutaron las acciones, que ya están identificados, sino de quienes las ordenaron desde la cúspide del poder.

A todas estas, hablando de nombres y sucesos para no olvidar y evitar que se repitan, hace ya veinte años que asesinaron a Garzón en una calle en Bogotá; poco después al profesor Jesús Antonio Bejarano dentro de la Universidad Nacional, y todo mientras se iniciaban los fallidos diálogos de paz en el Caguán.

Por :Miriam Martínez Díaz

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