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Domingo, Mayo 26, 2019 - 18:27

Siempre me ha parecido que cuando los gringos escriben o hablan sobre Colombia o hacen algún comentario alusivo al país o incluso, cuando le hacen llegar al gobierno alguna instrucción sobre política interna o internacional o sobre la política antidrogas o para imponer alguna medida en materia de comercio exterior, siempre, así tenga un almibarado acento diplomático, aparece un descuido, un dato impreciso, un yerro absurdo de nombre o de geografía.

Pasó hace muy poco: en un comunicado de la Casa Blanca, se leyó “El presidente Trump y el presidente Márquez de Colombia publicaron hoy una declaración conjunta sobre la crisis democrática y humanitaria con Venezuela”.

Ni siquiera el denodado interés de los gringos por hacer que Duque apoye sin titubeos su rechazo al régimen venezolano, hicieron posible evitar esos errores. Confundieron a Duque con Iván Márquez, conociendo del odio visceral y el desprecio que les tienen los uribistas a los exjefes guerrilleros de las Farc.

¿Qué por qué pasa eso? Porque a pesar de todo no sienten respeto alguno por nosotros, al menos no hasta ahora. No les han importado los millones que hemos gastado en su lucha antidrogas, ni las toneladas de glifosato que hayamos tenido que lanzar sobre nuestros campos, ni el robo de Panamá, ni el saqueo de recursos naturales durante centurias, ni sus abusos interminables; nada le es suficiente, todos los sacrificios hechos eran una obligación… Quién nos mandó a ser mestizos y a ocupar el suelo de este subdesarrollado sur del continente.

Pero siguiendo el tenor de este comentario, cuál no sería mi sorpresa al leer la carta dirigida hace dos días al secretario de Estado Mike Pompeo -firmada por 79 congresistas norteamericanos- y cuyo contenido, muy bien escrito (datos, contexto, lenguaje, fechas) versa nada menos que sobre la institucionalidad de la Justicia Especial para la Paz, incluyendo los procesos de memoria histórica, la Comisión de la verdad y la Unidad de búsqueda de personas desaparecidas.

La carta, que no es muy extensa, hace una radiografía muy precisa de la situación por la que atraviesa el proceso de paz en Colombia. Describe con claridad los incumplimientos injustificados del gobierno al acuerdo firmado en La Habana, y presenta una mirada crítica sobre las consecuencias para el país; rechaza sin ambages la política de amedrentamiento del gobierno americano en contra de los magistrados de la altas cortes, y señala la improcedencia de las objeciones del gobierno a la JEP y la interferencia indebida del gobierno americano en esos hechos; “alienta al gobierno colombiano a cumplir con los compromisos de apoyar a los campesinos para que erradiquen y reemplacen voluntariamente la producción de coca, por tratarse de una solución mucho más sostenible que la erradicación forzosa o el regreso a las fumigaciones”.

La nota habla hasta de las víctimas, de las desapariciones, de los indígenas y de los afros y de la violencia a lo largo de más de sesenta años de guerra; mejor dicho, no se les quedó nada en el tintero.

En uno de los apartes más integradores del mensaje, aparece que “El acuerdo da a Colombia una hoja de ruta para servir mejor a sus olvidados ciudadanos rurales, enfrentar la producción ilícita de drogas y el crimen organizado y afronta la desigualdad que alimentó el conflicto”.

Hay quienes dicen que a los gringos no se les puede creer nada, que algo se traerán entre manos, que los demócratas hablan así solo para perjudicar a Trump en medio de sus aspiraciones reeleccionistas. Puede que sea así, pero esta comunicación deja ver puntos de inflexión que nunca antes se habían escuchado.

O el mundo está cambiando, o la realidad es tan evidente y arrolladora, que no deja escapatoria…ni siquiera a los gringos.

 

Por Miriam Martínez Díaz

@PazAportes

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