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Domingo, Agosto 18, 2019 - 18:37

Cuentan que la crisis del café comenzó hace 20 años cuando Brasil, el mayor exportador del mundo, dio un golpe sobre la mesa e inundó el mercado con millones y millones de granos. En ese entonces, sin embargo, Colombia, tercer mayor exportador del mundo, no se dio cuenta y es apenas ahora cuando las cifras y los precios ahogan el mercado y la producción, y Nariño, entre otras regiones, paga el pato por todo aquello. Me explico.

El mundo vive hoy la mayor crisis del café de la historia. La producción es tan alta y el consumo tan bajo, que tardaremos décadas en lograr una estabilidad; y como el precio del grano depende de la oferta y la demanda, este ha caído por los suelos, afectando toda la cadena de producción: cafeterías, distribuidoras, transportistas, tostadoras y, sobre todo, cosechadores.

Digo sobre todo, porque quien cosecha es el eslabón más débil de esa cadena, porque es el más pobre. Su porcentaje de beneficio suele estar entre el 1 y el 2%, pero con las cifras que se manejan hoy, no llega ni al 0,8%, por lo que le resulta imposible sostener a su familia con la venta de una cosecha, y acaba siendo carne de cañón para el narco, o sencillamente opta por dedicarse a otra cosa.

Nariño es el séptimo departamento productor de Colombia. Café Nariño suministra grano a las principales marcas, entre ellas Starbucks y Juan Valdez, pero la excelencia del producto no esconde el problema que ya se percibe en subregiones como el Juanambú o el Río Mayo. Las pequeñas cadenas de cafeterías de bajo coste y los grandes supermercados de bajo coste, prefieren comprar en otros lugares, con menor calidad, pero con mayor margen de ganancia.

¿Podrán sostenerse estas familias cafeteras nariñenses solamente abasteciendo a las grandes marcas? Lo dudo, entre otras razones, porque la competencia en otras regiones y países tienen la sartén por el mango: tienen más hectáreas para cosechar, que las pequeñas parcelas nariñenses; y tienen la opción de bajar el precio tanto como quieran las tostadoras.

Entonces, ¿qué hay que hacer? En primer lugar, centralizar la ayuda estatal. Según entiendo ya hay un plan de ayuda de 4.000 millones circunscrito por la Federación de Cafeteros, la Embajada de Canadá, la organización intergubernamental OIM y Corponariño, con el apoyo de la Gobernación, para sostener la economía y producción de los cafeteros de Río Mayo, que son los principales responsables de ese café excelso.

Pero solventado ese problema, ¿qué pasa con los otros pequeños caficultores? Pues hay que ofrecer alternativas. El narco no puede ganar la partida en esta lucha por el campo y el sembrado. Si el café está en crisis y hay otros productos susceptibles de ser cosechados en ese mismo ambiente y condición, y que dejen mayor margen para el campesino, pues hay que fomentar la alternativa.

Por el momento hay que atajar la deserción generalizada con charlas y visitas técnicas, y hay que escuchar al caficultor. A lo mejor en su punto de vista está la solución. ¿Imponer a los comercios recién llegados que compren siempre un porcentaje de producto nariñense? No sé si se pueda. Pero es algo que escuché por ahí, entre muchas de las voces desesperadas por una situación muy muy complicada.

Por: José Arteaga

(Twitter: @jdjarteaga)

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