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Lunes, Junio 3, 2019 - 15:55

Jesús nos recuerda siempre que hagamos por el prójimo lo mismo que esperamos que los demás hicieran por nosotros. De allí surge un principio cristiano de incuestionable valor: Compartir con nuestros semejantes, no sólo las bendiciones y situaciones positivas, sino aquellas que nos afecten negativamente

Si bien es cierto que es loable, apropiado y noble compartir cosas materiales con los demás, no menos importante es compartir el conocimiento, las buenas noticias, la alegría, el optimismo, la confianza, la fe en Dios y… la esperanza.

Para compartir, todo momento y oportunidad son buenos. Así, en nuestro quehacer cotidiano tenemos frente a nosotros el nacer, el morir; al bien, el mal; a la alegría, la tristeza; al éxito, el fracaso; a la riqueza, la pobreza; al egoísmo la generosidad; la fe en Dios, el temor.

La condición vivencial de compartir lo bueno nos aporta sentimientos de realización, de plenitud y solidaridad humana. Cuando compartimos la tristeza, la desesperanza o el dolor, igualmente sentimos que la carga se hace menos pesada, más llevadera y que no estamos solos.

Los alimentos se consumen y a las pocas horas nuevamente se tiene hambre. La sensación de que no estamos solos y que alguien comparte nuestras inquietudes y preocupaciones, nos acompaña por mucho tiempo, y a veces por siempre. Sentimos que la carga se hace menos pesada y el disfrute mayor cuando compartimos es algo que no deberíamos olvidar.

Para desarrollar la compasión, debemos ser capaces de compartir el sufrimiento de las demás personas. Mucha gente considera erróneamente que la vida se reduce a una existencia llena de sufrimientos, sin embargo también es cierto que en la vida existen momentos de felicidad que cobran un papel muy importante, y que se debe saber compartir.

Comparte tus conocimientos, tus sueños, tus pensamientos, tus sentimientos. Si te los guardas, los estancas, si los expresas germinan, suscitan nuevas emociones, despiertan inquietudes, cobran movimiento, crecen, estremecen. Compartir no es restarte, compartir es multiplicar, compartir es prolongar tu ser, es causar sensaciones, es irradiar, dejar huellas que perduren en la memoria y en los corazones de los demás. Compartir es enganchar tu propio eslabón en una cadena que propague una corriente de generosidad, esperanza, gratitud, alegría, energía, aprecio, aceptación y perdón. Compartir ayuda a recomponer los pedazos desintegrados por la soledad, a cicatrizar las heridas de la desdicha, a amortiguar los golpes del destino, a tapar las grietas de la desconfianza, a asentar los cimientos de la amistad.

En cada uno de nosotros hay una fuente divina que de saberla manejar podemos dar paso a que sus manifestaciones generen felicidad en otros, como es el caso de saber compartir todo aquello que consideramos está recubierta de alegría, felicidad, dicha. No olvidemos que Jesús se hace presente cuando, en su nombre, compartimos. Y si Él está presente, no hace falta nada más. Con Él todo lo podemos.

 

Por: Narciso Obando López, Pbro.

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