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Sábado, Noviembre 10, 2018 - 11:42

Siempre me ha llamado la atención la escena que nos narra el evangelio de este domingo. Entre otras cosas por el comentario que hace Jesús con respecto a la donación de la viuda: “les aseguro que esa pobre viuda ha echado en el arca de la ofrenda más que nadie. Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero ésta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir”.

Encuentro en las palabras de Jesús la clave para comprender lo que es la verdadera solidaridad: dar de lo que se necesita para vivir, compartir aquello que es necesario para sobrevivir. Está ratificado con el texto de la primera lectura, que nos habla de la viuda de Sarepta, la que comparte la harina y el poco aceite que tiene con el profeta Elías. No le falta el pan en tiempo de hambre. Por una sencilla razón. Fue solidaria y generosa, escuchó el llamado del profeta.

Me pregunto si quienes vivimos en un mundo como el actual tenemos esa actitud de solidaridad, de generosidad. Me atrevo a pensar que no, porque compartimos, o mejor, donamos, de lo que nos sobra, de aquello que muy seguramente no necesitamos. Según algunos teólogos, con quienes estoy de acuerdo, dar de lo que nos sobra es asunto de justicia. La verdadera solidaridad que nace del amor cristiano, que lo expresa y le da pleno sentido, es compartir en la necesidad, es saber que si hay tres personas, pueden compartir cuatro o cinco y hay comida para todos.

Ese fue el mensaje de los primeros cristianos cuando nos dice el libro de los Hechos de los Apóstoles que entre ellos no había pobres, porque todo lo ponían en común y a cada uno se le daba según su necesidad. Allí no había personas que amontonaban riquezas, no había necesitados, pues la necesidad era compartida, lo mismo que lo que se poseía. El mundo sería diferente si tuviéramos ese verdadero sentido de la solidaridad y del compartir.

Por otro lado, hoy más que nunca, sentimos un clamor en nuestro interior, de manera especial en Colombia, cuando encontramos que los índices de desplazamiento forzado van aumentando, los cinturones de personas en extrema pobreza alrededor de las ciudades son cada vez más grandes, el índice de desempleo se va aumentando y las necesidades básicas de tantos miles de compatriotas no están atendidas, porque no podemos hablar de que estén satisfechas.

Dejemos que la actitud de la viuda del pasaje evangélico nos ayude a interiorizar el mensaje que nos entrega, dejemos que su silencio elocuente y su humildad, nos cuestionen para que revisemos las actitudes que hay en nuestra vida en términos de presencia o ausencia de solidaridad, para que reconociendo nuestros propios errores empecemos a caminar en la nueva línea del saber compartir, sin necesidad de hacer ruido para que se cumpla en nosotros aquello de “que el bien no hace ruido y el ruido no hace bien”, o “que tu mano izquierda no sepa lo que hace tu derecha”.

 

Enrique A. Gutiérrez

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