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Sábado, Septiembre 15, 2018 - 16:59

Hay refranes populares que nos ayudan a comprender mejor las enseñanzas que nos da la vida a través de los acontecimientos, las circunstancias, las personas. Uno de ellos dice “del dicho al hecho hay mucho trecho”, otro nos habla de “obras son amores y no buenas razones”. Creo que estos dos nos ayudan a reflexionar sobre las lecturas de este domingo. La idea central está expresada en el título de mi columna de hoy.

No podemos pensar en una fe aislada del compromiso real, de las obras que respaldan lo que decimos y profesamos. Es lo que los expertos en ética llaman la coherencia ética entre el pensar, el decir y el actuar. No basta con que yo diga que soy creyente si mi vida está desconectada o va por otro lado, si mis acciones no respaldan mis palabras. No puedo caer en lo que nos dice otro refrán “el cura predica pero no lo aplica”. Esto sería un contrasentido de todo lo que queremos y debemos hacer.

Esa invitación nos la hace el apóstol Santiago en la segunda lectura cuando nos dice “yo, por las obras te probaré mi fe”. En la misma línea está la pregunta que les hace Jesús a sus discípulos “¿quién dice la gente que soy yo?”. Más fuerza tiene la segunda pregunta “¿y ustedes, quién dicen que soy?”. Hay toda una actitud de vida, unas obras que respaldan unas palabras, por las cuales Pedro da un testimonio “tú eres el Mesías”. Al final del texto, Jesús habla de su pasión y la cruz. Todo lo que Jesús decía, iba respaldado por sus acciones. Por eso llegan a afirmar “es alguien que habla con autoridad”.

El mundo en el cual vivimos, nos exige una mayor coherencia de vida, para que nuestro testimonio sea creíble, para que nuestra palabra tenga autoridad. No solo a quienes tenemos la responsabilidad pastoral sino a todos los creyentes corresponde esa coherencia y testimonio de vida. Porque el compromiso es de todos y cada uno, de acuerdo a su nivel, a su situación y a sus circunstancias. No podemos pensar que es para unos pocos comprometidos. Es para todos.

Celebramos ayer el día del amor y la amistad. Me pregunto cuántas de las cosas que podemos decir no son coherentes porque no corresponden a esa relación entre lo que se dice y lo que se hace. Se quedan en el plano de lo puramente externo, decirlas porque hay algo para decir, pero no hay un fondo, no hay una realidad existencial que las respaldara. Podemos dejarnos llevar de lo que nos impone el consumo y el comercio.

Ser coherente en cada uno de los campos de nuestra vida es una exigencia y un desafío que siempre tenemos delante, que nos cuesta hacerlo realidad, porque somos inconstantes o por otras muchas circunstancias.

En la medida en que busquemos esa coherencia estaremos haciendo un esfuerzo real para construir en nuestro entorno mejores relaciones, tendremos mejores familias y mejores personas. Se trata, en último término, de hablar menos y actuar más. Recordemos, fe y obras hechas vida.

 

Por: Enrique A. Gutiérrez T., S.J.

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