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Martes, Octubre 16, 2018 - 15:52

Últimamente vemos niños, jóvenes e incluso adultos, mal hablados y sin modales… y no es culpa de ellos. Ellos aprenden lo que observan a su alrededor, así que desde pequeños deben vivenciar en casa las “palabras mágicas”, que no son simplemente fórmulas de mera cortesía, sino que son la base del respeto y la educación en cualquier relación.

 Pertenezco a la generación del gracias, del por favor y del buenos días, de la misma que no duda en decir un “lo siento” cuando es necesario. Cualidades todas ellas que no dudo en transmitir a las demás personas, porque educar en respeto es educar con amor.

Transmitir la importancia de dar las gracias, de pedir por favor, o de saludar, va más allá de un simple acto de cortesía. Estamos invirtiendo en emociones, en valores, y ante todo, en reciprocidad.

Para construir una sociedad basada en el respeto mutuo, en la que el civismo, la urbanidad y la consideración marquen la diferencia es necesario invertir en esas pequeñas costumbres sociales, a las que a veces, no prestamos la importancia que merecen. Porque la convivencia se basa al fin y al cabo en la armonía, en esas interrelaciones de calidad basadas en la tolerancia.

Es importante saber que podemos educar a un niño en valores desde edades muy tempranas. Sus aptitudes son casi insospechadas y hemos de aprovechar esa gran sensibilidad en materia emocional y de rápido aprendizaje.

Así pues, un niño que es tratado con respeto y que desde una edad temprana se ha acostumbrado a escuchar la palabra “gracias”, entenderá rápidamente que está ante un refuerzo positivo de gran poder y, que sin duda, irá desentrañando poco a poco, el valor de la reciprocidad y del respeto que impregna esta y otras palabras, creando una adecuada y maravillosa base para que después se afiancen raíces fuertes y profundas.

En edades tempranas, es donde los pequeños, a pesar de estar subordinados al mundo del adulto, van a ir despertándose progresivamente al sentido del respeto, a intuir ese universo que va más allá de las propias necesidades para descubrir la empatía, el sentido de la justicia y por supuesto, la reciprocidad.

Ten en cuenta que lo que dices te define y define tu vida: Decir “por favor” es entender que los otros no están obligados contigo, que pedir, siempre es una posibilidad y no una orden o un mandato. Decir “gracias” es comprender que los otros han hecho, han dado; es reconocer y valorar. Decir “discúlpame”, “perdón”, es comprender que hemos fallado, que cometimos una falta, que nos pasamos, que hablamos de más. Decir “con permiso”, “permiso”, es tener claro que ocupamos un lugar más y no el lugar completo. Decir “buenos días, buenas tardes, buenas noches”, no solo es una fórmula, es también una manera de mirarse al espejo.

Los padres tienen la obligación de ser un ejemplo para sus hijos. Hay que dar las gracias, pedir perdón, pedir permiso o por favor las cosas. Hay que saludar cuando se llega y despedirse al salir (no hace falta dar besos ni nada por el estilo). Aprender a esperar tu turno y tener paciencia. Si los mayores hablan, los niños deben aprender a esperar y no interrumpir conversaciones (a no ser que lo te tenga que decir el niño sea de suma importancia). Si nuestros hijos ven que no respetamos a nuestro prójimo, que no respetamos las más elementales normas de convivencia, ellos harán lo mismo.

 

Por: P. Narciso Obando.

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