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Jueves, Febrero 14, 2019 - 15:50

En Colombia se vive en este momento lo que podría ser descrito como una histeria por la corrupción. No se habla de otra cosa. La indignación no es reciente, pero se ha intensificado con las revelaciones que salpican a magistrados, senadores y otros altos funcionarios.

Por ahora, solo se ha encontrado la punta del iceberg, pues la corrupción por lo general es muy difícil de detectar. En Colombia se ha convertido en endémica, pero curiosamente en el pasado no era tan indignante, a tal punto que el expresidente Julio César Turbay llegó a decir que “había que reducirla a sus justas proporciones”.

Hasta 1986 el presidente nombraba a los gobernadores y estos a su turno, tras consultarle, nombraban a los alcaldes. Esto significaba que la responsabilidad política estaba claramente concentrada, y eso hacía que los funcionarios fueran más cuidadosos si querían darle un zarpazo al erario. No es que todo fuera perfecto, pero la corrupción, comparada con la de hoy, era más controlada.

Hoy en día el voto popular elige los alcaldes y gobernadores. En muchísimas ciudades y municipios se forman roscas alrededor de estos para la contratación, algunas veces respaldadas por dineros ilícitos. Esas roscas se perpetúan en el poder bajo la premisa de “hoy por ti, mañana por mí”. En otras palabras, el grupo que impone al gobernador o al alcalde espera recuperar sus esfuerzos y su dinero por medio de contratos. Ese es el núcleo de la corrupción a nivel estatal hoy.

Otro tentáculo de la corrupción en la política son las elecciones al Congreso. Desde que nació la circunscripción nacional para el Senado, cada aspirante tiene que buscar votos en todo el territorio nacional. En el pasado, un senador solo podía buscar votos en su departamento.

Esa era una operación artesanal comparada con lo que hay que hacer hoy. Como compiten candidatos con presencia nacional, cada curul para el Senado se convierte en una minicampaña presidencial.

Mientras vivamos un escenario en el que la financiación de las campañas políticas se da como se da, es imposible atajar la corrupción. Mientras sigamos dándole vida a un sistema judicial, donde también hay signos de corrupción, y donde la sanción social al corrupto es débil o expresión de impunidad, es imposible frenar el actuar corrupto.

Mientras animemos, aun desde el sistema educativo, la lógica del “todo vale”, “camino fácil” y del “atajo” como expresiones de “viveza”, será también imposible enseñarle a nuevas generaciones el valor de la integridad.

Mientras no exijamos mecanismos transparentes de rendición de cuentas y de control a los actores públicos, será también muy difícil detectar los actos corruptos. Mientras sigamos creyendo que la corrupción es sólo del sector público y nos olvidemos de que en dicho acto hay uno que paga y otro que recibe, será difícil enfrentar el problema de fondo.

 

Por: Manuel Antonio Rosero Trejo

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