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Domingo, Abril 28, 2019 - 11:52

El mundo ha sido siempre una cáfila infinita de contrastes y contradicciones. Ahora más que nunca; o tal vez ahora -más que nunca- es que nos damos cuenta, es que lo descubrimos y lo degustamos, o lo toleramos, o simplemente nos lo aguantamos.

Hace un par de días me fui a ver una obra de teatro en Bogotá con un título muy dulce, “Mi niña, niña mía”, que hace parte de la programación del prestigioso Teatro Español de Madrid, y la verdad es que nunca esperé encontrarme con una presentación elaborada con tanto ingenio y talento. Fueron desbordantes.

Es una obra hecha por cinco mujeres pero pensada para el mundo entero: escrita por dos dramaturgas de primera línea, Amaranta Osorio e Itziar Pascual, dirigida por la reconocida Natalia Menéndez, y con el reparto maravilloso de Ángela Cremonte y Gizalde Núñez; es un montaje extraordinario de noventa minutos, durante los cuales logran fundirse las historias de cuatro o cinco generaciones de mujeres que inician su travesía existencial en medio del horror de un campo de concentración alemán, y la terminan con el desconcierto de la última de ellas, la bisnieta, que al fin descubre, para fortuna de ella, su pasado oculto por años: no era alemana, era judía, sus padres tampoco lo eran, su padre había sido un soldado desconocido que había violado a su abuela prisionera a los trece años; la joven de la última generación de la historia de pronto no sabe quién es y pareciera quedarle en el mundo tan solo el profundo asombro de su propio vacío.

Pero no es así: para entender el fin supremo de la obra, la esencia de su propósito a más del regalo magnífico de su lindura, transcribo este fragmento escrito por las autoras: “El dolor es atroz. Por eso la única solución es resistir y resistir, despertar las conciencias, para que la maldad se pare de una vez. Esperanza, ilusión, paz, llámese como quiera; amor. Lo infinito limita la maldad”.

El arte navega en aguas profundas y los vientos que lo mueven están marcados por el sino de los tiempos. Cinco generaciones se condensan mágicamente en las tablas del teatro, mientras nos muestran al resto de los asistentes desde la comodidad casual y temporal de la silletería buena parte de las tragedias, los sufrimientos y los crímenes -que hoy siguen vigentes - en que se ha visto envuelta esa especie nuestra sumergida por siglos en el fanatismo, el oscurantismo y la irracionalidad del odio y la discriminación.

Al final, sin embargo, aparece la luz. Las generaciones de mujeres mantuvieron durante la obra -como ocurre en la realidad- un hilo conductor que impidió que las víctimas del suplicio quedaran dispersas por ahí, en el viento, como si la sociedad fuera una entelequia sin sentido, como si no existiera. En la trama, el vínculo proviene del amor que -sin saberlo- comparten las protagonistas por la luz que emite un insecto misterioso, con luz propia, que se ilumina así mismo en la oscuridad y que ilustra en su revoloteo el firmamento entero.

En el libreto, aparece un juego infantil en las manos de una actriz: una serpiente pretende comerse el fugaz insecto. Este increpa a la serpiente y la interroga: ¿necesitas devorarme para vivir? No, le contesta arrogante la agresora. ¿Acaso soy parte de tu cadena alimenticia? No, tampoco. Y entonces, ¿por qué quieres devorarme? Pues porque no quiero que tú brilles, respondió la culebra en bocanada.

¡Que no brillen los demás, que permanezca para siempre mi poder, mi arrogancia! ¡Que la verdad quede oculta para siempre, que no brille, que no ilumine esa luz refractaria ni a los crímenes ni a las injusticias ni a los pecados, que así es como quedan sus autores de inocentes!

¡Qué viva el teatro! Su luz. ¡Que viva el arte!

Por Miriam Martínez Díaz

@PazAportes

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