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Domingo, Octubre 28, 2018 - 15:39

Las juventudes han hecho por este mundo mucho más de lo que se les reconoce

 

 

Cincuenta años después de finalizar lo que se llamó el Mayo francés o Mayo del 68, se inmortalizaron muchos de los grafitis que los manifestantes dejaron impresos en las paredes de París. Alguien los recogió y fueron a parar a textos que hoy siguen siendo de inspiración para muchos: entre ellos, para mí. Los he repasado varias veces, y casi siempre encuentro alguno capaz de interpretar el momento preciso por el que viene atravesando la historia. Hace un par de días, y con ocasión de las marchas estudiantiles, me topé con uno muy suspicaz que decía “Gracias a los exámenes y a los profesores, el arribismo comienza a los seis años”.

Y yo le agregaría… “que gracias al modelo de educación y al desprecio que existe en este país por la enseñanza y el aprendizaje”. Y no disculpo en la frase ni a los profesores ni a los exámenes simplemente porque, salvo contadas excepciones, juntos se sumergen hasta el cuello en el mismo modelo cargado de las discriminaciones y los malos hábitos que procuran la aceptación del statu quo.

La desigualdad profunda que padecemos, comienza desde la cuna, eso está claro, pero es la educación la que la formaliza, la que legitima las diferencias y las hace “normales” a los ojos de la sociedad.

El abismo que existe entre la educación que reciben los niños y los jóvenes pobres (con padres pobres, corrijo) y la que atiende a los chicos ricos (con padres ricos, corrijo otra vez), son tan grandes -en el contexto social y cultural, en la visión existencial, en la mirada de futuro, en las instalaciones, en las vías de acceso, en los medios de transporte, en los laboratorios, en los escenarios deportivos, en los útiles escolares, y en mil cosas más-, que casi podríamos decir que a partir de la escuela estamos edificando diferentes mundos a escala, en los cuales el espacio de las oportunidades para algunos es solo de pocos centímetros, mientras que para otros quedan a su disposición kilómetros de ventajas, de facilidades y de medios para alcanzar el éxito.

Bienvenidas las marchas y las protestas estudiantiles. Las juventudes han hecho por este mundo mucho más de lo que se les reconoce. Han sido protagonistas de la historia.

Ojalá continúen. Y ojalá vayan más allá de los reclamos presupuestarios, que -siendo más que justos- son solo una parte minúscula de la problemática de la educación en Colombia. Ya lo han hecho, no podemos olvidar que fueron los jóvenes los que se mantuvieron firmes en el “Sí” para la paz, llenaron las plazas, se asentaron en ellas, y unieron sus voces de protesta sin dejarse engañar por las mentiras y las trampas que los opositores se inventaron para ganar.

¡Ah, Mayo del 68! Hirvió París, hirvió el mundo. Un movimiento estudiantil formidable al que se unieron más de nueve millones de ciudadanos, tan poderoso que las protestas tuvieron un espectro universal por el contenido de sus reclamos válidos y urgentes: se denunció el colonialismo europeo y el gringo, señalando con el dedo la perversidad de las guerras de Indochina y de Argelia, y por supuesto, la de Vietnam; se puso sobre el tapete la realidad de la sociedad de consumo; los obreros –los de la fábrica Renault- conquistaron lo que por aquella época elevaron como consigna “más tiempo para vivir”, que luego sirvió de inspiración en muchos lugares del mundo; cambiaron de fondo las condiciones educativas en la universidad de la Sorbona, y no solo eso, se atrevieron a proponerle al planeta entero una revolución sexual que pusiera fin a la discriminación y la mojigatería; se empezó a forjar una sociedad más abierta, tolerante e igualitaria.

Es verdad que casi todos los temas aún están pendientes; pero esos muchachos nos ayudaron a dar un gran paso en la dirección correcta.

Por Miriam Martínez Díaz

@PazAportes

 

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