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Martes, Abril 2, 2019 - 16:03

Mi madre Laura Terán trabajó arduamente, toda su vida, haciendo pan y tortas. En ciertas ocasiones del año horneaba cerdos, cuyes, pollos y conejos a pedido, para celebrar grados, cumpleaños, matrimonios, primeras comuniones, navidades y bautizos. Lo hizo hasta que el cáncer le arrancó sus fuerzas y, finalmente, su vida.

Madrugaba a las tres de la mañana, para cumplir la misma rutina tres o cuatro veces por semana: hacer pan. Un par de señoras y mi hermana Nelly le ayudaban en algunas labores, pero lo más pesado de esas jornadas siempre estaba bajo su responsabilidad.

Esa fue su inmodificable rutina, que sólo interrumpía para ir a la misa de 6 de la mañana, a la que perezosamente llegaba yo, con varios minutos de retraso. Incluso cuando ésta ya había acabado. En más de una ocasión, delatado por mi hermana Nelly, me dio con los rejos que de un solo sacudón quitaba de los guangos de leña.

También tuvo que castigarme cuando me le volaba a jugar microfútbol al parque, varias veces justo cuando ella me necesitaba para que le ayude, por ejemplo, a batir la mezcla de azúcar, harina, huevos y esencias con las que hacía el mejor ponqué que he comido en mi vida.

A punta de hacer pan y tortas me crió junto con mis otros nueve hermanos. También me dio la escuela y el bachillerato. Fue padre y madre para todos.

Hubiese querido en vida valorar con justicia sus esfuerzos. A decirle gracias, madre. Gracias por sacrificarte cada día. Hasta el último momento en que la pude ver viva, hizo sacrificios por mí. Ya afectada seriamente por el cáncer, sentadita en su cama de convaleciente, supo que me iba a Bogotá a iniciar un semestre más de mi carrera, sin poderme llevar el reloj de cuerda, que estaba en el taller, porque no tenía con qué sacarlo.

Se metió la mano a su bolsillo y sacando mil pesos, que en ese tiempo, (1983) aún eran plata, me los pasó y yo se los recibí con muy poca resistencia, sin detenerme a pensar que esos pesitos le podrían servir para comprar alguna pastilla para aliviar sus dolores.

Esa era mi madre. La misma que lloraba en silencio desde ocho días antes de cada una de mis partidas hacia la capital. La misma que se desmayó aferrada a mi cuello, cuando me despedía la primera vez que me iba para Bogotá. La misma que se amontonaba en una silla de la cocina a sufrir su pena de amor por el hijo que se separaba de ella y al que no vería los próximos meses. Yo la veía pero nunca fui capaz de acercármele, abrazarla y besarla para consolarla. Para decirle un te quiero, un te amo y que las próximas vacaciones vendrían pronto porque ‘el tiempo vuela’.

Tal vez ni siquiera alguna vez le dije gracias mamá por haberme dado la vida y por sacrificarte por mí. Lo único que suele consolarme es que no la hice sufrir siendo un vicioso y que no tuvo que pasar una sola noche en blanco esperándome que llegara.

Sin embargo, hubiese querido que alguien, como el gerente de la empresa que relata la historia que he leído, me hubiera dicho que vaya y lave las manos de mi madre. Entonces me habría dado cuenta que estaban llenas de callos, seguramente de quemones por roces accidentales con las calientes latas, con cortados hechos en la cocina, y con sus uñas sin cuidar. Manos cansadas de tanto servir.

Hoy, madre, he interrumpido mi trabajo inmediatamente leí esta historia, para decirte que hoy quisiera tomar tus manitos entre las mías y después de mirarte a los ojos diciéndote que te amo, lavártelas y suavizarlas con mis besos. Lástima que para eso sea demasiado tarde, pero espero que los ángeles estén haciendo lo que yo nunca hice.

 

Por: Jaime Calvache

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