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Sábado, Octubre 20, 2018 - 17:18

La paz estable y duradera prometida por el gobierno del hoy expresidente Juan Manuel Santos no se vislumbra por ningún lado. Colombia continúa siendo un país en donde la violencia no permite saber con certeza quién o quiénes son los que en últimas ponen los muertos

Ante esa triste realidad resulta imposible poder determinar a ciencia cierta si los cadáveres que hoy ruedan por campos y ciudades pertenecen a los grupos subversivos, a las disidencias de los que han dejado la lucha armada, a los paramilitares, a la delincuencia organizada o común, a los defensores de los derechos humanos, o a una población civil que se cree ajena al conflicto bélico que aún atraviesa la nación.

Lo cierto de todo es que en la actualidad todavía innumerables madres, esposas e hijos lloran a uno o varios de sus seres queridos, así estos hayan o no tenido participación alguna en la ola de terror y de desangre que impide cada  vez más la consecución de una auténtica paz con justicia social y equidad para un pueblo colombiano ansioso de ella.

Frente a ese desolador panorama  de destrucciones y muertes en que se halla sumido el país se ha perdido el respeto por la persona humana. “Nos volvimos un país animalesco, selva, es decir, reinado del más fuerte, del más astuto”.

Estamos en un tenebroso juego en donde nadie quiere perder ni ceder un milímetro del poderío que se cree ostentar para defender sus privilegios. Y así quienes conforman los tentáculos del ‘pulpo’ de la violencia matan con igual saña al viejo enemigo que al transeúnte desconocido.

Tal como se presentan las cosas,  “unas de las partes en guerra, es decir, el Estado, parece afirmar que estamos en una sociedad justa y que sus adversarios están demoliendo esa situación buena; por consiguiente, ellos son injustos y deben ser eliminados para que la justicia se mantenga. De la otra parte, los grupos al margen de la Ley, alegan que la situación en que vivimos es de injusticia y que la guerra busca eliminar los elementos injustos para instaurar una sociedad justa”. Qué irónico que resulta esto.

 Pedir, clamar a gritos para que quienes tienen las fórmulas y mecanismos dentro del ámbito legal o fuera de él que salven a nuestra querida patria, pienso que cada vez se convierte en una utopía porque nadie, absolutamente nadie de los actores de esta guerra absurda y sin nombre, quiere aceptar o atribuirse el monopolio de la violencia y decir esta boca es mía para atribuirse la muerte de tantas personas inocentes.

Sin embargo, una inmensa mayoría de colombianos mantienen un hálito de esperanza en que se abra un sendero que conlleve a la tan anhelada pacificación de esta herida y resquebrajada Colombia; pero para ello se requiere de una verdadera y auténtica conciencia de estar dispuestos a hacerlo por parte de los principales actores del conflicto, cediendo en sus macabras pretensiones de consolidar o defender un “poder” manchado de sangre.

Además se requiere que la apertura de ese sendero no sea producto de ánimos caldeados y un protagonismo que al rato se diluyen como el agua entre los dedos, sino más bien de una lucha constante, abierta y sincera para que todo proceso de paz que se inicie no termine en un rotundo fracaso, tal y como parece que va a suceder con el que se firmó con las Farc.

Por: Luis Eduardo Solarte Pastás

solarpastas@hotmail.com

 

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