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Si de calificar al candidato por la calidad de su campaña se trata, ninguno lograría salvar sus carteles y vallas de la pira, en donde arderían para complacencia de más de un ciudadano cansado de ver la foto repetida en todas las calles y carreras, sobre paredes mugrosas o vidrios de las ventanas de casas y almacenes, en formatos grandes, medianos y pequeños. Jóvenes y viejos, mujeres y hombres, todos sin distingo diferente al nombre del partido o movimiento político que los avala, ninguno capaz de apartarse del canon publicitario de siempre.

Ahí está la foto del rostro medio de frente tomada desde abajo que lo muestra hasta el cuello en camisa con la cara levantada y los ojos clavados en el horizonte, pose que recuerda la del icono famoso del Che Guevara, que en los años 80 el publicista Carlos Duque retomaría para elaborar los carteles de Luis Carlos Galán como candidato a la presidencia del nuevo liberalismo.

Hasta entonces no existió candidato que no hiciera pública su imagen de tres cuartos del cuerpo con el puño levantado, la boca a medio abrir y el ceño fruncido. Postura que aún se ve en ciertos aspirantes a ser elegidos  aunque sin la carga significativa que pudo darle en su momento a esa manera de estar entre o ante sus seguidores un Jorge Eliécer Gaitán o un Laureano Gómez. Pues a diferencia de ellos los de ahora simulan orar mientras el fotógrafo los registra con su lente.

Tan fingidos estos de la mano apuñada y el brazo levantado a la manera de quien ofrece un desodorante, como los de la mano en el pecho que volvió a hacer popular Álvaro Uribe repitiéndose en el gesto solemne de aquel que juramenta a la manera de un soldado entregado a la causa.

Claro que también los hay informales, a los cuales supuestamente no les interesa llamar la atención del ciudadano sobre su imagen, tanto así que bien recuerdan la manera como se sentaban en una banca de parque los abuelos o las abuelas a esperar que con la cámara Kodak o si se quiere la de cajón y manga, alguien les tomara la foto para sumarlas después al álbum.

Así como se ven los artistas en las carátulas de los discos Lp, siempre sonrientes y con vestido casual, casi de perfil pero con la vista vuelta, con coquetería, hacia donde se encontraba el fotógrafo, suspendida la respiración los segundos necesarios para que pudiera capturar esa imagen que se repite a lo largo de todo el álbum, o sea de todas las generaciones hasta encontrarla hoy también como parte de esa publicidad política cuyo objetivo no es más otro que el de dar a conocer el rostro del desconocido, al menos como candidato, que quiere ganar y ser el elegido.

Aunque nada más pertinente que un cartel de estos para confirmar aquello de que una imagen vale más que mil palabras, resulta que las fotos son de tan postín que no dicen nada por si solas. O quizá sí dicen lo suficiente como para entender el para qué es que desean llegar al Concejo, a la Asamblea o las alcaldías, para repetirse las mismas veces y quizá más de las que lo han logrado esos a los cuales buscan reemplazar pero que también insisten en seguir en lo mismo, tan así que todos solamente han desempolvado la fotografía de la primera campaña, que fue la de la segunda y décima, y la han puesto otra vez sobre una frase insulsa como aquella que obliga a leer que: “Nariño es más”, o a lo mejor tan diciente que conlleva a inferir que es más, pero de lo mismo.

 

Por: Ricardo Sarasty

ricardosarasty32@hotmail.com

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