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Sábado, Agosto 3, 2019 - 17:01

Me llama la atención la manera como las personas que tienen dinero, bienes, fortuna y son lo que llamamos acaudalados, cuidan lo que han conseguido. Más llamativa es la manera como sienten necesidad incontrolable de conseguir más, de atesorar más. Parece que fuera un impulso irresistible, algo que no puede detenerse y que necesita ir en aumento. Les sucede lo que nos dice el texto del evangelio de este domingo. Veamos la historia y luego reflexionemos.

Nos cuenta el texto que “un hombre rico obtuvo una gran cosecha y se puso a pensar: ‘¿qué haré, porque no tengo ya en donde almacenar la cosecha? Ya sé lo que voy a hacer: derribaré mis graneros y construiré otros más grandes para guardar ahí mi cosecha y todo lo que tengo”. Es el sueño de los ricos y poderosos. Tener más, aumentar su riqueza, sentir que tienen más poder, que muchas personas dependen de ellos, que no les basta con lo que poseen. Cuántas veces nos hemos colocado en la misma situación, no por lo mucho que poseamos, sino por la sed que tenemos de poseer, llegando a extremos de endeudarnos innecesariamente, de asumir responsabilidades económicas por encima de nuestras posibilidades.

La enseñanza del texto no termina ahí. Dicho personaje continúa diciéndose a sí mismo “ya tienes bienes acumulados para muchos años; descansa, come, bebe y date a la buena vida. Dios le dijo ‘¡insensato! Esta misma noche vas a morir. ¿Para quién serán todos tus bienes?”. La vida no la tenemos comprada, es un don, un regalo de Dios. A todo ser humano se aplica aquello de “hermano, hermano, que morir tenemos, el cómo y el cuándo no lo sabemos”.

Por todo lo anterior, la conclusión del pasaje es clara “lo mismo le pasa al que amontona riquezas para sí mismo y no se hace rico de lo que vale ante Dios”. ¿Dónde hemos colocado nuestro corazón, dónde está el sentido de nuestra vida, para qué atesoramos, qué función social le hemos dado a lo que poseemos, hemos caído en la cuenta de la dimensión de proyección a la comunidad que debe tener todo lo que somos y tenemos?

Son preguntas que nos cuestionan a fondo. Son verdades que llegan al alma y que nos exigen respuestas honestas y sinceras para que así podamos ser cada vez más coherentes en nuestro compromiso cristiano. No debemos convertir los medios en fines, es decir, que convirtamos en absoluto lo que es relativo, que pongamos nuestro corazón en lo que no debe estar. Dejemos que nuestro corazón se desapegue de afectos desordenados, que se libere interiormente para que pueda asumir las situaciones de la vida con profunda libertad de espíritu.

Que estas reflexiones nos ayuden en la solución de tantas situaciones que surgen a nivel de familia y que pueden generar conflicto. Pienso en las herencias, las empresas familiares y los negocios entre parientes. ¿Dónde y para qué estamos atesorando?

Enrique A. Gutiérrez T., s. J.

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