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Sábado, Noviembre 24, 2018 - 15:44

Culmina este domingo el recorrido del año litúrgico con la solemnidad de Cristo Rey. Cerramos un ciclo para iniciar el próximo domingo, uno nuevo. Recorrido que nos permite renovar la celebración de los misterios centrales de nuestra fe, de nuestra historia de salvación y de la vida como creyentes. Pero, en el fondo ¿qué significa este reinado de Cristo y qué consecuencias tiene para nuestra vida? Permítanme hablar desde la experiencia de mi vida.

Pasado mañana, 27 de noviembre, cumplo cuarenta y dos años de haber sido ordenado sacerdote. Desde hace días esta fecha y lo que significa me ha estado dando vueltas en la cabeza.  Si alguien me pregunta por la relación entre las dos cosas, la fiesta de Cristo Rey y el aniversario de mi ordenación sacerdotal, podré responderle lo siguiente: es la fiesta de la persona que es el centro de mi vida, de quien me ha hecho su ministro para el servicio de los hermanos en lo que puede ser y hacer un sacerdote.

Es, al mismo tiempo, el reconocimiento de la felicidad que siento al haber consagrado mi vida en la Compañía de Jesús como sacerdote, es haber gastado 50 años de esa misma vida trabajando en el campo de la educación, ayudando a la formación integral de tantos niños y jóvenes que el Señor ha puesto en mi camino.

Por eso considero que puedo decir con alegría y esperanza, después de lo que he vivido en mis 54 años como jesuita que sé en quien he puesto toda mi confianza, porque ha sido alguien que le ha dado pleno sentido a mi vida, el amigo siempre fiel que nunca me ha fallado, el compañero cercano e invisible de todas las horas, presente en las horas alegres y en los momentos de dificultad. Lo ha sido todo para mí. Me ha abierto el camino para encontrar la felicidad en el servicio, me ha mostrado la manera de compartir desinteresadamente, me ha enseñado que la alegría mayor está en dar, más que en recibir.

Hoy puedo decir que si tuviera que tomar decisiones sobre mi vida, volvería a hacerlo de la misma manera, disfrutaría más el sentido verdadero de la vida teniendo presente todas las riquezas que me da la experiencia de lo ya vivido. Sería la misma persona, tratando de corregir los errores cometidos, reafirmando los aciertos para ayudar a otros a lograr su propia felicidad.

Pienso que más de uno de quienes leen esta columna se pueden preguntar qué me está pasando. Les digo que siento una profunda alegría en el alma, que no puedo ocultar, que no puedo callar, que me hace decirles que la felicidad es tan grande que me desborda y que por eso quiero compartirla.

Así se hace realidad en lo personal el reinado de Cristo, así tiene sentido esta celebración que la Iglesia nos pone al final del recorrido del año litúrgico. Hoy más que nunca puedo decir que “todo lo puedo en Aquel que es mi fortaleza” (Filip.4,13) y que estoy dispuesto a seguirme jugando la vida por Cristo presente en mis hermanos.

 

Enrique A. Gutiérrez T., S. J.

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