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Solo tenía en la mano izquierda un solo dedo ancho o será mejor decir que la mano era tan pequeña que no alcanzaba en ella más que solo un dedo, como sea el caso es que por ello los compañeros de curso primero y luego todos los de los otros grados, hasta los profesores y personal de servicio, terminaron llamándolo Dedito, sin que él se molestara por el sobrenombre, simplemente respondía al llamado como si el de la lista, Wilmer, nunca lo hubiese identificado. Es que, si el dedito no hubiese sido un estudiante al cual tenía que nombrarse todos los días a cualquier hora, en todas partes, bien se pudiera decir que lo del mote al no ser de uso continuo tampoco existía razón para que produjera enojo o cualquier otra acción de reproche tendiente a reivindicar su verdadera identidad social, la de Wilmer.

Pero es que con dedito sucedió que por ser tan necesario nombrarlo aquí y allá, ahora, más tarde o mañana el apelativo terminó por convertirse en el santo y seña con el cual se conjuraba su presencia, siempre tan útil en las clases de matemáticas como en las de dibujo, en las de ciencias naturales y música, en lengua castellana y educación física.

Es que el Dedito resolvía problema de matemáticas con la misma facilidad con la que hacía sonar la guitarra como puntera o elaboraba una cartelera de biología con dibujos bien definidos y coloreados con la misma destreza con la cual encestaba desde el centro de la cancha de basquetbol.

No por otro motivo siempre fue llamado a representar el buen nombre de la institución por lo que al final de cada año en el acto de clausura su figura, más que su nombre, siempre despertó la admiración de los padres y las madres de familia que veían en él un ejemplo para mostrársenos, no por lo de su mano sino por lo de su buen juicio.

Lo de la mano o el Dedito nunca fue objeto que despertara demasiada atención pues, como decía el hermano Gonzalo, a todos no hace falta algo y nos sobra por lo que estamos llamados a reconocernos iguales. Tanto así que en la conformación del equipo de futbol más que reparar en las virtudes, volvíamos los ojos hacia las falencias, adelantándonos así a lo que luego en el desempeño de nuestras profesiones aprendimos que era una fórmula para la consecución del éxito, esto de convertir las debilidades en fortalezas.

Y así tuvo que ser en un curso en el que el fenotipo atlético debía de adivinarse en la mayoría de los estudiantes que lo conformábamos. De estatura mediana, si así se puede llamar a una talla que promedia el 1,60, con tendencia más para abajo que para arriba, excepto los 3 compañeros que rebasan el 1,70 pero en peso si uno sobrepasaba los 80 kilogramos los otros dos juntos hacían que la balanza marcara el número 120 y a ninguno de los tres nunca se les vio interés alguno por la práctica de un deporte. No obstante el curso C desde primero hasta sexto, hoy grados sexto y once, siempre tuvo representación digna en los juegos intercursos y si no fuimos campeones tampoco nos eliminaron en la primera ronda, pues si el equipo no tuvo una delantera goleadora, ni medio campo atento a las contingencias de un contragolpe a favor o en contra, sí demostró contar con una defensa corajuda, fuerte, pues para ello estaban ahí los ‘patabrava’ o busca canillas alentados por el mejor de los arqueros de todos los años, mientras duro nuestra estadía en el colegio, el Dedito, a quien siempre le pateaban los balones por el lado izquierdo que era el infranqueable.

Por: Ricardo Sarasty

ricardosarasty@hotmail.com

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