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Lunes, Octubre 14, 2019 - 17:53

Que la reforma no sacrifique como siempre a los más débiles, eso no sirve, esa es la debilidad de Colombia.

 

Desconozco cuantas reformas se habrán hecho hasta hoy al Código del Trabajo en Colombia que cumple ya casi setenta años, deben ser muchas. En este país de las marañas jurídicas, es previsible que así haya sido. La que se propone hoy dará para muchos y muy intensos debates, para análisis y posiciones muy duras y ojalá discusiones que se afronten con sensatez, cordura y seriedad. Pero yo si creo en  la necesidad de hacer una reforma laboral de fondo.

Las cifras que presenta el DANE y que hablan de un 14% de desempleo en las 18 ciudades más grandes del país, son pésimas. El 85% de los trabajadores del campo se encuentran en la informalidad, en las ciudades es del 60%, y, óigase bien, el 45% de los trabajadores ganan en la actualidad menos de un salario mínimo y sin derecho a prestaciones sociales. El empleo de jóvenes y mujeres presenta un déficit de casi el doble del promedio nacional.

Duque se comprometió a reducir el desempleo hasta el 8%; eso significa que tiene la tarea de conseguir por los menos 1.6 millones de empleos nuevos, dentro del contexto de una economía que no se muestra muy optimista en materia de crecimiento y desarrollo.

El derecho al trabajo no es solo un asunto de sostenibilidad familiar o individual, también es el espacio en el que habitan los sueños o las frustraciones de las personas, la solidaridad o la conflictividad social, el futuro de las nuevas generaciones y la estabilidad de las presentes, la innovación, el seguro a la vejez, el progreso, el sacrificio y el descanso; es, quizás, una de las manifestaciones más precisas que hablan del estado de salud o enfermedad de los pueblos.

Esta reforma que se avecina debe pensar en eso. Han cambiado tantas cosas en tan solo tres décadas, que se hace necesario abrir el pensamiento a nuevas posibilidades; hay que estudiar experiencias exitosas en otros lugares del mundo, y armar las propuestas que conduzcan a un nuevo modelo con más pragmatismo que ideología.  No podemos seguir sacrificando indefinidamente generaciones enteras dejándolas en el vacío de la insatisfacción y la ineficiencia, todo por estar sujetos a regulaciones anquilosadas, o a reformas hechas sin rigor técnico o científico, o a proyecciones elaboradas sin cálculos actuariales o estadísticas poco confiables que permitan edificar políticas públicas útiles y responsables.

Que la reforma no sacrifique como siempre a los más débiles, eso no sirve, esa es la gran debilidad de Colombia. El país debe considerar al campo como una de sus prioridades, tiene que fortalecerlo, hacerlo atractivo para millones de ciudadanos, tiene que invertir en ciencia y tecnología y abrir los mercados laborales ofreciendo regulaciones garantistas y acordes con la modernidad. Si el mundo digital desplaza empleos todos los días, en diversos países cada hora se encuentran nuevas maneras de enfrentar esos desafíos, aprendamos de ahí.

La reforma es necesaria y urgente. Pero se puede convertir en un remiendo mal hecho como el que propone ANIF al reducir el salario mínimo de los jóvenes menores de 25 años a un 75%, o peor, puede ser fruto de las influencias de Luis Carlos Sarmiento y su apetito voraz de jugar al monopolio.

O puede ser una oportunidad para toda Colombia. Depende de nosotros, los ciudadanos. Que no se escape un debate sin revisión detallada, sin lectura y entendimiento, y que se sienta nuestra presencia vigorosa en cuanta protesta que busque evitar injusticias, o en cuanto llamado que promueva aportes para el bienestar general.

PD. Tengo una tristeza muy grande en el alma. Anteayer falleció José Fernando Rosero el gerente de Empoobando-Ipiales. Un joven muy valioso que padeció como pocos la furia excesiva de los medios. Ojalá su muerte sirva para buscar caminos de convivencia y no de odio.

Por: Miriam Martinez

@PazAportes

 

 

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