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Domingo, Septiembre 2, 2018 - 16:04

 

 

La consulta del pasado domingo era un ejemplo de lo que debe ser la democracia participativa, una oportunidad para darle la voz de los votos a la ciudadanía en un tema tan importante como la lucha contra la corrupción. Pero solamente lo hicieron algo más de 11 millones y medio de personas, apenas el treinta y dos por ciento.

La desidia, la indiferencia, la poca confianza en las instituciones y las dudas sobre la validez de la consulta pueden haber sido algunas de las causas para que la democracia haya perdido el tren en el país con la democracia más antigua de América Latina.

Después de este día no servirá de nada quejarse, ahora tocará “tragar entero” todo lo que nos caiga encima. La tuvieron ahí, como el penalti para ganar la copa del mundo de la participación democrática, y Colombia ni siquiera saltó al campo. Se quedó en los vestuarios esperando que otras y otros hicieran las cosas, y así no habrá manera.

Pero visto lo visto, a mucha gente (más de 24 millones de personas que no han acudido a las urnas) le importa un carajo que la estafen, que la roben, que le exijan sacrificios mientras unos cuantos se lucran a su costa. Ha sido un fiasco en toda regla. La ciudadanía no ha ejercido como tal, ha agachado la cabeza, ha metido el rabo entre las piernas y ha dicho adiós a la transparencia, a la honestidad y por ende a la democracia.

Uno de los comentarios posteriores dice: “Había una vez un país tan corrupto que se necesitaban más votos para tumbar la corrupción que para elegir presidente”.

Eso parece este país, un cuento. Una tragicomedia alrededor de una farsa en la que se culpa a la política y a los políticos de un guión del que tal vez sea más culpable el pueblo por su dejadez, su pasotismo, su “qué más da”.

Un pueblo que se flagela para purgar las culpas pero sigue pecando y bajando a los infiernos por su pobreza de espíritu y su falta de compromiso social y político. Colombia parece una fábula escrita para seguir repitiendo los desastres, para mantener la violencia por encima de la paz, la corrupción antes que la honradez, la indiferencia por encima de la solidaridad o la sospecha por delante de la confianza.

La consulta tenía siete preguntas en el tarjetón de votación que había que marcar con un “sí” o un “no” en cada una de ellas. Una era reducir el salario de congresistas de 40 a 25 salarios mínimos vigentes al mes (en 2018 es de $781.242,- pesos). Es decir, que se pide dejar a estos políticos con un salario mensual de “tan solo” 19 millones y medio de pesos.

En días anteriores a la votación, las redes virtuales se habían llenado de falsedades alrededor de la consulta buscando minar la participación y evitar su aprobación. Mentiras como que por cada voto las personas convocantes se llevarán cinco mil pesos, algo que no se da al ser una consulta llevada a cabo sin recursos del Estado, lo que no implica devolución de dinero.

A la legislación colombiana le faltan normas que permitan claramente, por ejemplo, que el Estado pueda dar por terminado un contrato de forma unilateral. Tampoco cuenta con mecanismos de control y sanción a la labor de las y los legisladores. No hay leyes estrictas que condenen a penas de cárcel a corruptos y que se les prohíba seguir contratando con el Estado.

Según un estudio de la Universidad Externado de Colombia, el país perdió por la corrupción, en el período 1991-2011, el 4% del PIB. Eso supone un promedio de nueve billones de pesos por año (casi 3.000 millones de dólares al cambio actual).

Una vez más ha vuelto a ganar la abstención. Los siete mandatos, que en caso de haberse aprobado hubiesen sido de obligado cumplimiento por parte del Estado estableciendo su aplicación en el plazo máximo de un año, quedarán en los anales de la historia política, y tal vez jocosa, de este país.

De momento, ninguna de esas siete propuestas en forma de preguntas podrá cumplirse. La población no ha aprovechado la ocasión y la corrupción podrá seguir campando a sus anchas. Pero ojalá sea, como ha publicado Daniel Samper Ospina, el comienzo de un “silencioso movimiento ciudadano que se levantó sin ruido para pedir que el país cambie”.

Así las cosas, ganaron los promotores de la consulta y los inmediatistas, porque lograron figuración política. Perdió el Congreso, porque se le impondrá una decisión ciudadana no obligatoria, construida sobre el desprestigio de la clase política. Ganaron insurgentes y reinsertados que critican el Estado y su corrupción, pues su lucha parece justificada.

El gobierno que se sumó tarde a la consulta, en contravía de su partido, con la intención de encontrar coincidencias con la oposición. Perdimos todos, porque las normas no solucionarán el problema. En fin, ganó la corrupción y los enemigos del Establecimiento, que en la confusión de la política espectáculo, distrajeron la atención con los fuegos pirotécnicos de las iniciativas normativas y los anuncios.

Por: Guillermo Alfredo Narváez Ramírez.

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