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Martes, Marzo 5, 2019 - 16:27

Cuando éramos niños queríamos ser adultos creyendo que los adultos hacían lo que querían, sabiéndose que de adultos añoramos nuestra niñez. No hemos aprendido a ser nosotros mismos. Entregamos nuestra felicidad por un poco de dinero que nos somete a la rutina; todo lo aplazamos creyendo que lo mejor está por venir, cuando lo que verdaderamente es nuestro es el presente, el transcurrir del tiempo en su justa medida. Nada nos pertenece, salvo el derecho de soñar.

Hemos escogido los desiertos a cambio de verdes montañas, contaminamos las aguas que hemos de beber. No tenemos compasión alguna con la tierra que nos alimenta, el oro tiene más importancia que la comida. Nos hemos vuelto fríos y calculadores, por cada acto pedimos garantías que nos saquen airosos, porque la desconfianza está sembrada.

Nos volvemos humildes ante las imágenes del devastador terremoto o la posibilidad de que el cuerpo desmembrado sea el nuestro, pero mientras el ambiente era festivo no se nos ocurrió la posibilidad del desplome de los imperios. La política de pan y circo llena los estómagos y distrae nuestra imaginación ante el morbo, pero no cura la amnesia, la alimenta.

Queremos amasar grandes fortunas sin hacer el mínimo esfuerzo, ganarnos la lotería sin comprarla. Ansiamos nuestra felicidad en cuanto empecemos a ganar nuestro primer salario, pero ya lo tenemos comprometido con vanidades. Entonces, la aplazamos para pagarla por cuotas, y de no ser así esperamos a que nuestro hijos crezcan, que lleguen nuestros nietos. Olvidando que la felicidad no es una meta sino el camino, el día a día.

Cuántas especies de animales han desaparecido por el maldito vicio de tener la cacería como deporte, o por el mero hecho de tomarse la foto junto al hipopótamo abatido. Hechos estúpidos que hacen hinchar su personalidad creyendo que vamos a ganar el elogio o el “me gusta” del Facebook, cuando no contabas que el humanista, el graduado de animalista te va a increpar por la barbarie que cometiste, y de seguro ya habrá recompensa para localizarte por conducta criminal.

La palabra basura desaparecerá del diccionario de la Real Academia cuando dejemos de arrojar desperdicios al suelo y los reincorporemos en un ciclo vital en otro objeto. Lo de basura quedará reducido a aplicarse a quien ejecuta la acción más no a la materia prima que se reincorpora al ciclo de uso y valor.

Seguimos buscando la piedra filosofal cuando ya fue encontrada en las fórmulas de Mendel y Mendeleiev. Ellos dieron la respuesta al secreto oculto de los genes y los átomos, la mayor riqueza que pudo haber parido el mundo moderno.

Pero cerramos nuestros ojos a la realidad, esquivamos el esfuerzo e imploramos a todos los amuletos, a Dios y al diablo para que nos concedan nuestras avaricias de oro y alhajas. Los resultados saltan a la vista, los atajos pasan por la puerta de la cárcel más no de la mansión soñada.

Expresamos solidaridad mientras hacen presencia los medios de comunicación como una forma mezquina de hacernos propaganda ante la necesidad del protagonismo miserable. La auténtica vocación de servicio es una quimera; hacemos bien las cosas mientras alguien nos vigila, de lo contrario cobardemente abandonamos nuestra responsabilidad.

Ser honestos es cosa de tontos, mientras que el que hace trampa recibe la ovación de sus amigos, y justificarán de múltiples maneras su “inocencia”, así tenga en sus manos manchadas de sangre o de las marcas del delito.

El neo-esclavismo nos conduce a vivir para tener o para ganar, mientras el tiempo transcurre implacable, y cuando decidamos darnos un placer como emprender un viaje, tendremos que pagar pólizas para que nos admitan, llevar medicamentos, oxígeno y un mecenas.

Estas conductas llevan al Galeano de las utopías a pedir que se incorpore el delito la estupidez a los códigos penales.

 

Por: Aníbal Arévalo Rosero

fundacionecosofia@gmail.com

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