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Los aduladores han existido desde siempre, y forman parte de un nicho en el cual se desempeñan con gran versatilidad. No faltan en ninguna parte, pero son de bajo espíritu. Están siempre cerca del jefe de una organización, y no lo hacen por desinterés, son unos mercenarios que no dejan pasar una. Más temprano que tarde se la cobran a quien ha sido objeto de tales lisonjas.

Son tan peligrosos que si usted está a punto de dar un paso adelante, ellos le dicen que está muy bien, que vale la pena; aun siendo conscientes de que es un paso al vacío que lo puede llevar abismo.

Como en El príncipe de Nicolás Macchiavello. Al príncipe no le sirven los lisonjeros, sino el amigo, el que le dice la verdad, por más dura que esta sea. Pero si cada uno puede decírtela, no te faltarán al respeto. Lo lisonjeros pueden conducir por un precipicio una obra de gobierno, y hacer que el ministro tome el timón por su cuenta.

Entonces, no se trata de no escuchar consejos, pueden venir de varias fuentes, y por tanto pueden ser tan variados como personalidades existan. Al príncipe lo debe gobernar las sabiduría, la sensatez para poder tomar una decisión, de lo contrario lo mandaran a un atolladero.

Por lo pronto, el gobernante deberá estar orientado por un asesor o consejero que tenga en su bagaje la prudencia, un estratega de las relaciones. Debe de tenerse de presente que hay grupos que proceden mal, hasta que vean la necesidad de hacer lo contrario. Y en este mismo sentido proceden a persuadir en las posibilidades de encausar en el camino de la perversidad. Casos se han visto en algunos de los más recientes gobiernos de Colombia, que terminan imbuidos por grupos que actúan de manera perniciosa en contra de la población; aliándose estratégicamente por conveniencia.

No obstante, el círculo asesor del príncipe o gobernante debe de gozar de libertad ideológica para poder brindar una consejería adecuada; de lo contrario, se cae en la necesidad de escuchar lo que se quiere escuchar, carente de verdad. Los lisonjeros, los oportunistas, los ‘lamesuelas’ aparecerán por donde menos se piensa, porque ellos consideran tener el camino más corto para lograr su propósito. Pero estos pagan con la moneda falsa, y pueden terminar apoderándose de la joya de la corona sin el más mínimo esfuerzo.

Es por ello fundamental situarlos donde deben estar e identificarlos desde un primer momento. Conocen los problemas y las dificultades como la palma de su mano; hablan en demasía, se comprometen fácilmente; y todo puede resultar un mundo de fantasías. No obstante, tienen la palabra en la punta de la lengua para remediar la situación de manera transitoria, mientras le dan largas a la solución. Buscarán el enfriamiento de los ánimos. Y como saben perfectamente que el tiempo es el mejor ungüento para sanar todas las tensiones y las contusiones edematosas, usarán términos como jefecito, ‘doptor’ o ‘mi don’.

 

Le harán una consulta de algún tema que en apariencia quisieran saber, pero que tampoco corresponde al ámbito del consultado. Todo por la habilidad de la apariencia o ganar compasión.

El mayor freno que se puede generar en una organización es que seamos receptivos a los aduladores, por pura vanidad. Y conexo a esto viene un gran remolque cargado de pobreza mental, espiritual y, en consecuencia, material. Y es que a algunos les fascina crear los círculos del muto elogio: yo te elogio porque tú me elogias; tú tapas mis errores, porque ayudaste a tapar los míos. El verdadero problema está en la falta de sensatez.

No creo que seamos indignos de un elogio o una palabra bondadosa, pero hay quienes con su proceder hacen prender las alarmas. Estos te pueden robar la montura sin haberte apeado del caballo.

 

Por: Aníbal Arévalo Rosero

fundacionecosofia@gmail.com

 

 

 

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